Aeropuerto Barajas, 1986. Doy vuelta por los pasillos de preembarco a la espera de abordar el vuelo que me lleve de vuelta a casa. Dejo atrás 45 días recorriendo una gélida Europa occidental junto a ex compañeros de colegio. Tengo 19 años y la sensación que el viaje no me ha dado lo esperado: la liberación de mis ataduras y represiones. Sexo, eso es lo que no me ha dado el viaje. Me detengo frente a un kiosco de revistas, resignado a que nunca me ocurra lo que le pasa a los demás, sin despertar sexual ni aventuras asombrosas que definan mi existencia, solo me tengo a mi y a mis sueños, que siento nunca serán más que eso. El kiosco vende libros además de revistas. Hay uno de tapa roja,
con un título que me atrae: “Paracaídas y Besos”, la contratapa tiene la foto de la autora, una rubia sonriente de aspecto juvenil, y unos comentarios que hablan de una heroína que se expone, una vez más, para mostrar sus vicisitudes sexuales y espirituales en una búsqueda de una existencia plena.
al pisar Ezeiza ya he terminado de leer el libro. Descubro que la novela es la tercera parte de una saga y por supuesto salgo por las librerías de Buenos Aires a buscar la primera parte titulada: “Miedo a Volar”. No son tiempos de Internet aún, son tiempos de timidez y pereza por lo que la búsqueda me lleva un tiempo, pero finalmente lo encuentro. Erica Jong es una escritora y poeta norteamericana que con esa, su primera novela rompe con tabúes y prejuicios y se convierte en una especie de Henry Miller femenino que vende millones de copias de un libro que llama a las cosas por su nombre. “Miedo a volar” es un libro que no pide permiso ni perdón por sentimientos y deseos, ya sean estos platónicos o carnales y se convierte en el estandarte, en una bandera que flamea en el pabellón de la liberación femenina. El libro, elogiado por grandes autores contemporáneos, como John Updike, logra el sueño de todo escritor: ser amado por crítica y lectores. Es un libro de mujeres, para mujeres, que hipnotiza a un hombre como yo, incapaz de confesar sus deseos o frustraciones. “Miedo a volar” trata sobre una mujer escritora de nombre Isadora casada con un terapeuta estadounidense a quien acompaña a un congreso de terapeutas en Viena, la tierra de Freud. Más allá de su
Miedo a volar, Isadora, logra llegar al congreso y seduce y es seducida por un terapeuta ingles, con quien se embarca en un tour de liberación sexual por todo Europa. Ella deja en Viena un matrimonio en signo de pregunta y un pasado con el que ya no comulga. Durante el viaje Isadora aprende a conocerse más íntimamente pero no puede evitar el desencanto de un amante que al
final del viaje, en Paris, le confiesa estar felizmente casado y deseoso de volver a los brazos de su mujer. Bajo el tono de esa decepción y de las curvas y contracurvas de las rutas europeas, Isadora vuelve al hotel donde se aloja su marido, que al final del libro no sabemos bajo que condiciones la está esperando. Porque para eso hay que leer el segundo libro de la serie, “Como salvar tu propia vida”, donde Isadora profundiza y fuerza los límites de sus exploraciones físicas y emocionales. Pero el argumento de “Miedo a Volar” no es lo que convierte en inolvidable el libro para quien lo transita. Tampoco son las innumerables digresiones en las que se embarca Isadora para contarnos de su primer marido, el piscotico, adorable, mesiánico y peligroso Brian, ni sus otras relaciones entre las que se destaca aquel director de orquesta con problemas de higiene personal. Lo que hace memorable al libro es su tratamiento, la magistral manera en que la autora combina tristeza, alegría, sabiduría y pasión para registrar en primera persona la eterna competencia entre razón y corazón, la única contienda donde la derrota de uno conlleva la debacle del otro. La época en la que leo el libro es un tiempo difícil para mi. Me inundan con facilidad sentimientos de culpa por la vida que no vivo, mientras que otras voces dentro mío me conven
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