Kurt Vonnegut,
fallecido hace unos pocos días, y en la década de 1960 abanderado de la
contracultura norteamericana
y adorado por los estudiantes universitarios, fue
un maestro de la sátira y el humor negro que además supo imprimir a sus ficciones
una impronta especulativa al incluir, con el mayor desparpajo, elementos de
ciencia ficción (y al mismo tiempo burlándose de ellos).
En Buena Puntería (Deadeye Dick, 1982), el autor
describe la vida de una pequeña
ciudad norteamericana en la que el
protagonista, Rudy Waltz, el “Deadeye Dick” del título, vive agobiado por la
culpa que le provoca la comisión de un doble
asesinato involuntario cometido en
su adolescencia... Las consecuencias de este acto han traumatizado de tal modo
a Rudy que vive como un ser sexualmente “neutro”, ni homosexual ni
heterosexual. En la ficción es un hombre maduro trasplantado a un hotel de
Haití (un Haití ficticio que simboliza a la ciudad de Nueva York), para quien
la culpa, en este punto, es algo más que la consecuencia del asesinato cometido
hace tantos años. Rudy admite que está escribiendo la historia de su vida,
entremezclando sus experiencias personales con recetas de cocina, dando lugar a
un producto híbrido a medio camino entre una recopilación de memorias y una
guía de consejos culinarios. Los diversos guisos, cuyos modos de preparación se
describen, corresponden a los platos favoritos de Rudy en cada periodo concreto
de su vida, dado que el narrador se propone una revisión pormenorizada de los
hechos que generaron su otra identidad, la de “Deadeye Dick”. Pero la culpa no
se agota, ya que en la ciudad de nacimiento de Rudy, Midland, Ohio, detona
accidentalmente una bomba de neutrónica que mata a cien mil personas. No se
olviden que Vonnegut es un satírico. O tal vez esto va en serio, quizás aquí
juega la culpa transferida de padres a hijos, y las deudas hay que pagarlas.
Vonnegut es capaz de conectar acciones y actitudes invisibles que unen a
personas de una misma familia. Otto Waltz, el padre, que vivió en Viena en
1910, evitó que Hitler muriera de frío al comprarle una acuarela por puro
despecho. En el presente de la ficción, sin embargo, es un excéntrico casado
con una mujer apática; son tan ricos que pueden darse el lujo de ostentar
conductas infantiles, considerarse nazis y mostrarse indiferentes ante un
asesinato.
Buena puntería nada en escepticismo, pero en su disparatada trama
flotan los signos inequívocos de que un corrosivo sentido del humor es tan
nutritivo como una buena sopa. Como diría Vonnegut: Paz.Sergio Gaut vel Hartman