Buena parte de Delirio está ambientada en la década de los años ochenta. La escritora Colombiana Laura Restrepo describe
a través de cuatro perspectivas narrativas (Agustina, Aguilar, Midas McAlister y Nicolás Portulinus) el
delirio que padece Agustina, la segunda hija de Carlos Vicente Londoño, un hombre que acumuló gran fortuna, gracias a las inversiones pactadas a través de Midas McAlister, con el narcotraficante Pablo Escobar.
Antecedentes hereditarios como la personalidad enajenada del abuelo materno Nicolás Portulinus, el comportamiento de la madre –Eugenia- y el truculento cuadro familiar en que transcurrió la infancia de Agustina, desvelan su trauma; ese caleidoscopio de emociones encontradas que le habían hecho creer, sin duda con razón, que la vida no había jugado limpio con ella.
Desde la infancia, a Agustina le crearon un mundo irreal. Mientras ella disfrutaba de todas la comodidad, estudiaba en los mejores colegios y viajaba durante las vacaciones a París y Florida, la sociedad Colombiana vivía bajo la amenaza constante del narcoterrorismo, de la locura de vivir hoy y morir en cualquier momento, de las huelgas estudiantiles, de los mendigos y leprosos en las calles. Una
realidad latente pero tan ajena para los burócratas del país.
Pero en la medida en que Agustina empieza a razonar, descubre que gran parte de su realidad está disfrazada de mentiras: el padre es amante de la tía materna que vive en su hogar. La madre vive atormentada por un sentimiento de culpa que no le permite tener una relación maternal con ella. Y afuera, en la calle, suceden cosas terribles que jamás imaginó.
A partir de esos pequeños descubrimientos empezará a tener pánico por los terrores de afuera y se aferrará a esa familia tan sui géneris. Creará la ilusión de tener poderes sobrenaturales con los cuales evitará que su hogar se destruya y soñará con que algún día su padre le ofrezca un poco de cariño y su madre dialogue con ella. Sin embargo, antes de hacerse adulta, su hogar de fantasías se desploma, sus poderes la abandonan y su estructura mental se altera a tal punto que empieza a llevar una vida de hippie.
Pasado unos años, conoce a Aguilar. Durante los tres años de convivencia, Aguilar ha sabido comprenderla, pues el amor que le profesa media entre la irracionalidad de la que suele ser victima su amada y su contexto. Pero un día, después de que Aguilar regresa a casa luego de un viaje corto, encuentra a su esposa a un paso de la esquizofrenia. Agustina no había sufrido una crisis tan compleja, prolongada y profunda como la que estaba viviendo: se hallaba en un estado de agitación incontrolable.
Alterado, pero guiado por el impulso de su pasión amorosa, Aguilar indaga las razones por las cuales su amada se halla en ese estado. En su búsqueda, descubre que desde el reencuentro con su familia, Agustina se perdió en sus recuerdos. Se hundió en esa crisis como si habitara en un plano paralelo al real; algo en su vida le había infligido una terrible herida; las mentiras y el dolor del pasado se reflejaban en su delirio. Un dolor que se hereda, se multiplica y se transmite, un dolor que los unos les infligen a los otros.
Desde entonces, la locura de Agustina se había vuelto catastrófica: durante días enteros oficiaba ceremonias dementes; colocaba vasijas con agua en todo el apartamento, trazaba líneas imaginarias porque el padre, que había muerto hacía más de diez años, iba a regresar. Este hecho rompía los esquemas de la realidad; por un lado el espejismo de Carlos Vicente y por otro Aguilar y la tía Sofí, convertidos en dos seres despreciables para ella…
En ese mundo en que habita Agustina, también se halla la historia presente del continente americano descrita a través del monólogo de Midas Mc Alister, un joven provinciano, intermediario entre los autócratas y Pablo Escobar, que logró convertirse en un hombre adinerado y en amante de Agustina Londoño. Sin embargo, así como logró construir el mundo con el que siempre anheló, así mismo se le esfumó, porque Pablo Escobar, convertido en una especie de divinidad todopoderosa, decide un día humillar a la oligarquía terrateniente colombiana y de paso, a él también.
Sólo entonces el Midas había de comprender que la vida que se empeñó en construir con sistemática obstinación era un sueño que se diluía en la realidad del humilde apartamento de su madre, único refugio en donde podía protegerse de la búsqueda por tierra mar y cielo emprendida por los organismos de seguridad del estado con miras a su extradición hacia los Estados Unidos.
Entre la alegoría y el realismo, entre la sinopsis y el retrato, Delirio da buena cuenta de la realidad colombiana, de la naturaleza profunda que subyace como trasfondo de sus conflictos y sirve como advertencia para quienes creen que la locura es algo que escapa a toda lógica. Al contrario, Delirio nos permite entender la locura como una lógica que es familiar, histórica, pública y privada al mismo tiempo.
De hecho, Agustina superó su delirio… toda vida humana tiene sus estaciones, y no hay caos interior que dure indefinidamente.