Lucía, una estudiante de Barcelona con una vida sentimental
vacía, ha tenido que abortar, y se enfrenta a la más
completa soledad. Muy débil, acude a casa de una vecina y
se queda allí a pasar la noche.
En el siguiente
capítulo vemos como la misma Lucía baja de un carruaje con
sus maletas. Está en Rusia, ante la finca de Chejov,
escritor al que ella admira. Haciéndose pasar por una falsa
condesa, consigue quedarse a vivir con la familia. A pesar
de ser propietarios, los Chejov llevaban una vida muy
modesta, pero a ella no le importa tener que sufrir toda
clase de incomodidades con tal de estar cerca del escritor.
Los fines que pretende son varios, o van cambiando a lo
largo de la novela siguiendo su imaginación desbocada.
Primero cree que al contar con la ventaja de venir
del futuro y de saberlo todo sobre él, ella podría con sus
consejos mejorarle la vida, hacer que no cometiera errores
y que pudiera escribir más. Piensa también que su estancia
podría servirle (a la vuelta a su vida normal) para
escribir la biografía más completa y definitiva de Anton
Chejov y ganarse ella también su gloria. Otras veces se ve
a sí misma como su musa e inspiradora, y hasta llega a
sugerirle argumentos de obras que él aún no había escrito
(pero que ella sí había leído).
Aunque existen otros
objetivos, pues la joven es asediada por dos temores
existenciales: el temor a un futuro gris como profesora en
una ciudad de provincias, y el temor metafísico de la
muerte. Y desea arrancarle a Chejov un secreto: el de su
serena aceptación del fracaso, las penalidades y la
inevitable muerte.
Naturalmente que también trata de
seducirlo, aunque sin éxito, pues el escritor es un hombre
frío y distante con ella, aunque se vea rodeado de mujeres
que lo adoran y con las que coquetea abiertamente.
Nuestra heroína pasa su tiempo inmiscuyéndose en
los asuntos familiares y metiendose en diversas situaciones
embarazosas o cómicas. En una de sus visitas al río, donde
tenía que bajar a asearse, se encandila con la vista de un
guapo muchacho, un rústico vagabundo, también asediado por
las mujeres, con el que finalmente tiene un idilio muy
carnal y campestre.
Pero tras una larga temporada
allí, el escritor se ve forzado a decirle claramente que la
familia ya está harta de tenerla como huésped. Y después de
eso ella no tiene más remedio que volver a Barcelona, (no
sin antes contarle a Chejov todos los pormenores de lo que
le espera en el futuro).
Es una novela relativamente
bien construída y homogénea, perteneciente a un género que
da mucho juego: el del viaje en el tiempo. Se prescinde de
buscar una explicación técnica para ese desplazamiento, y
el paso de la Barcelona del siglo XXI a la Rusia del XIX se
realiza sin más.
Tampoco entra en los problemas
métafísicos o éticos que se plantean las novelas y
películas del género, como las consecuencias que tendría
intervenir en el pasado, y si es posible
cambiarlo.
A causa de estas dos omisiones, la trama
se va desarrollando en un tono de farsa, ligero,
humorístico, y la novela se queda en lo que seguramente
pretendía ser: las aventuras y desventuras imaginarias de
una joven moderna e intelectual en la Rusia que describen
los grandes escritores decimonónicos.
La novela
presenta defectos a varios niveles de escritura: de
léxico, de gramática y de ritmo.
En primer lugar, el
lenguaje empleado es deliberadamente barroco, pero la
autora no ha conseguido dar el tono de “alta literatura”, y
su lectura se hace a veces empalagosa, a caballo entre lo
que se supone un lenguaje correcto y clásico y el lenguaje
poco cuidado de estos tiempos.
Narrado en tercera
persona subjetiva, todo lo escrito proviene de los
pensamientos de la protagonista, pero con constantes saltos
narrativos hacia adelante y hacia atrás; nunca sigue un
discurso ni un acontecer linealmente sino que empieza a
narrar una acción o una reflexión y la intercala
constantemente con sucesos y conversaciones que acaecieron
un poco antes. Estos constantes saltos narrativos contiene
algunos errores.
Al centrarse en sus delirios
megalómanos, la escritora deja pasar la oportunidad de
haber escrito algo con más sustancia, y me estoy refiriendo
a un acercamiento más serio a la obra de Chejov, y a
profundizar en los procesos de la creación
literaria.
Me irritó especialmente la pobreza
expresiva con que describe las relaciones sexuales. Por
ejemplo, en su única aventura erótica y tras decir que el
hombre era un amante excelente, se le ocurre:
Entonces
le asaltan recuerdos de su anterior vida sexual, pero solo
consigue describir un acto patético. Por si fuera poco, en
lugar de vivir esa pasión tan carnal y satisfactoria, la
autora se las arregla para introducir la peor frase de la
novela (absolutamente fuera de lugar):
Esta
novela puede interesar no obstante a los enamorados de
Chejov o de la literatura rusa. A treinteañeras
intelectuales o con veleidades literarias, mujeres que han
tenido un aborto y que se sienten en crisis, jóvenes
modernas que no lo son tanto... A los que buscan una novela
sin pretensiones y por esta vez sin muchos enigmas que
resolver.