En un lejano futuro cuando New York sea una mítica
ciudad milenaria, hermana menor de Babilonia, un hipotético y curioso lector que se tope con Manhattan Transfer encontrará un documento histórico fragmentado en múltiples y diminutas figuras de un
gran rompecabezas, para armarlo necesitará de mucha imaginación porque estas resultan insuficientes para tener una visión integral de ese pedazo de historia de New York y del
mundo que transcurre en las dos primeras décadas del pasado
siglo en la novela de John Dos Passos. Nosotros, lectores del siglo XXI encontramos allí variados icebergs que nos dejan entrever la vida neoyorquina, la ciudad pasa ante nosotros, frenética, pujante, implacable, en constante crecimiento y construcción, el mundo está viviendo avances incontenibles de la tecnología, New York
busca tomarse al mundo, transcurre la primera guerra mundial, Wall Street vive desenfrenadamente, los periódicos amarillistas dominan la escena, New York es la protagonista, y los seres humanos como actores secundarios desfilan por la gran ciudad. Nace Ellen Tatcher, crece, se hace mujer, llega Bud Korpenning,
huyendo de si mismo, primera víctima fatal, devorado por la ciudad. Igual que Stan Emery que busca obsesivamente el fracaso y la perdición con total éxito. Gus McNiel frustrado lechero es atropellado por la fortuna de lo cual el abogado George Baldwin saca doble provecho, Joe Harland antiguo rey de la bolsa ahora es un mendigo, todo porque quemaron su corbata, Congo Jakc, trafica con el vicio. El éxito, los dólares, el sexo, el lujo, el sueño americano, son el objetivo de millones de personas, solo Jimmy Hearf, aparentemente el más atípico y débil de los personajes escapa a esta regla y termina huyendo de la absorvente ciudad. New York como una selva de acero y de cemento esclaviza a los hombres, pero sin estos, ¿que sería de New York?
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