Ésta constituye la obra póstuma de George Orwell y representa una síntesis de su pensamiento anti-totalitario que brinda
al futuro en forma de un relato de alto vuelo imaginativo.
Desde las primeras páginas, el clima adusto y opresivo que ofrece un pueblo sometido a la más despiadada de las tiranías, produce en el lector una amarga sensación de angustia. Ésta no lo abandonará, y, en una primera lectura, lo privará de apreciar cierta dosis de amarga ironía- casi diríamos de humor negro- con que son descritos algunos rasgos de
totalitarismo reconocibles en situaciones próximas a nuestra realidad.
La obra, finalizada en 1948, presenta a la ciudad de Londres en 1984 como centro importante de un nuevo territorio imaginario, Oceanía, sumido en guerras permanentes y en forma alternativa con cada uno de sus dos estados rivales: Asia Oriental y Eurasia.
Las imágenes de esa ciudad devastada están inspiradas sin duda en las escenas que rodeaban al autor, en la que la destrucción por los bombardeos de la reciente segunda Guerra Mundial se manifestaba en un a miseria y un deterioro generalizados. Pareciera que Orwell mediante el recurso de usar algunos datos de su propio contexto, estuviera tratando de darle a su relato ciertos visos de realismo.
En el anodino paisaje urbano dominan sólo los volúmenes imponentes de los edificios institucionales: Miniver o Ministerio de la Verdad, Minipax o Ministerio de la Paz, Minimor o Ministerio del Amor, y Minindancia que corresponde al Ministerio de la Abundancia. Cada uno de ellos se ocupaba de asuntos absolutamente opuestos a lo que sus nombres sugerían: Borrar y falsificar todo registro y documentación de las acciones del estado, atender a las cuestiones de guerra, a la persecución de los ciudadanos y a las cuestiones económicas resueltas mediante el más estricto racionamiento. Ésas eran sus finalidades respectivas.
En ese patético escenario vive Winston Smith, el protagonista de la novela que a lo largo de su desarrollo nos lo irá mostrando como la única mente despierta en esa sociedad subyugada y rígidamente estratificada. Él mismo, que pertenece al Partido Exterior, participa como burócrata de uno de los departamentos pertenecientes al Miniver, el Departamento de Registro, encargado de la falsificación de documentos para destruir todo vestigio del pasado. O´Brien -que se transformará en su vigilante inquisidor- pertenece al Partido Interior, verdadera oligarquía al servicio del estado totalitario. Por debajo de toda la escala social, se encuentran los proletarios, que sólo viven para trabajar y satisfacer sus necesidades más básicas y de alguna manera gozan de una cierta libertad, ya que por la ignorancia absoluta en la que se los mantiene no representan el más mínimo peligro para el sistema.
La vida transcurre en un clima de terror en el que todo acto, toda acción pública o privada está sujeta a la más estricta vigilancia. “El Gran Hermano te vigila”, rezan los enormes carteles ubicados en los lugares más visibles, ostentando una fotografía gigantesca del fantasmático personaje. Ese control se ejerce por medio de las tele-pantallas de las que es imposible ocultarse, aún en el interior de las propias viviendas. Ante cualquier trasgresión los ciudadanos son conscientes de que serán castigados con una pena terrible: desaparecerán y no quedará rastro de ellos. En el nuevo vocabulario que se está acuñando – la neolengua- a eso se lo denomina “vaporizar”, y el desaparecido será una “no persona”. Otras expresiones que se incluyen dan también una idea de los matices tenebrosos de esta cultura artificial: “crimental”, o crimen mental, “policía del pensamiento”, doblepensar”…
“Los dos minutos del Odio” constituyen un ritual obligatorio al que todos asisten para dar rienda suelta a su desaprobación por “El Enemigo del Pueblo”, Emmanuel Goldstein, que es supuestamente el jefe de “ La Hermandad”, organización clandestina subversiva. Escribe Orwell: “…lo más horrible de Los Dos minutos de Odio no era el que cada uno tuviera que desempeñar allí un papel sino al contrario, que era absolutamente imposible evitar la participación”. En un determinado momento todos repiten cadenciosamente: “Ge… Hache – Ge.. Hache…”, como en un procedimiento de auto-hipnosis.
Hay un momento muy significativo en el que Winston logra , en un rincón oculto de su vivienda, sustraerse a la vigilancia de la tele-pantalla y comienza a escribir su diario, pero su mente se encuentra bloqueada: escribir es una actividad prohibida. Representa un auténtico “crimental”, expresión de la “vida propia”, verdadero pecado social.
Pero llegará a expresar en ese mensaje al futuro su soledad, sus culpas y sus frustraciones acosado por el miedo y la
represión.
Conoceremos entonces a los personajes femeninos que marcarán su destino: su madre hacía tiempo desaparecida, su primera esposa Katherine y Julia, la joven amante.
Katherine, la reprimida esposa que era incapaz de expresar un solo pensamiento que no fuera un “slogan”, es descripta en el diario con caracteres casi caricaturescos. Julia, en cambo, si bien se resiste a las normas del Régimen es siempre capaz de encontrar subterfugios para su propio placer. Sorprende esa relación asimétrica entre dos seres con actitudes tan diferentes y esos amores clandestinos, con la fuerza de un acto político, serán el desencadenante de las terribles situaciones que nos mantendrán en vilo hasta el final.
Orwell logró finalizar su novela luchando contra el reloj, afectado por la enfermedad que lo llevaría a la muerte. Pero “1984” alcanzó una popularidad creciente, .probablemente a causa de sus predicciones que pueden ser corroboradas comparando el relato con nuestra realidad.