Extraordinaria. Más allá de la velada ralación homosexual que se plantea entre el pintor y Dorian Grey, Wilde escruta y vivisecciona
la sociedad francesa del sigo XIX mejor que Zolá. De paso, el personaje de Lord Henry (¿alter ego de Wilde?) reflexiona de manera exquisita sobre el paso del tiempo, las mujeres, su relación con los hombres (y viceversa), y el fracaso de los sentimientos. Todo esto narrado de manera imperecedera, inoxidable y atrapante. Con ecos de Poe, Wilde construye una novela impecable. De lectura tan obligatoria como imperdible.