CAPITULO 6. Se narran en tercera persona los movimientos de Leopold Bloom, intercalando su monólogo interior y abundantes diálogos, algunos de los cuales tienen lugar sin que los oiga Bloom (y se refieren a él). Bloom entra en un coche para dirigirse al entierro de su amigo, acompañado del señor Power, Martin Cunningham y de Simon Dedalus, padre de Stephen. Bloom ve de lejos a Stephen y se lo dice a Simon Dedalus, quien le pregunta si no estaría en compañía del “jodido infecto rufián” de Mulligan, a cuya familia dice que va a escribir para ponerle verde. Bloom recuerda a su hijo Rudy, que no sobrevivió. En la conversación de los cuatro hombres sale a colación, hablando de cantantes, la señora Bloom, Madame, y más adelante, sale el tema del suicidio, que tanto Power como Dedalus condenan duramente mientras que Cunningham se muestra más moderado. Y una mirada que cruzan hace descubrir a Bloom por qué: lo sabe, sabe que el padre de Bloom se suicidió envenenándose. Al llegar al cementerio, sin que lo oiga Bloom, Cunningham desvela este hecho a los otros dos. También un poco después, otros dos asistentes al entierro —Menton y Lambert— hablan de Bloom. Por ellos nos enteramos de que es agente de anuncios y les vemos preguntarse para qué se casó Molly “con un desgraciado como ese”. Otro de los asistentes, Kernan, comenta una de las frases del cura: “Yo soy la resurrección y la vida. Eso le toca a uno el fondo del corazón”. Bloom responde afirmativamente, pero su monólogo le desmiente (si bien en unos términos que parecen poco propios de un no intelectual como se supone que es este personaje). Bloom también se pregunta en otro momento por la posibilidad de que el muerto siga vivo y piensa en la conveniencia de que hubiera teléfono en el ataúd o una ley que obligara a perforar el corazón para estar seguros. También se pregunta más adelante si no sería mejor la cremación: “Un cadáver es carne echada a perder. Bueno ¿y qué es el queso? Cadáver de leche”. Bloom no olvida el recado de M’Coy de incluir su nombre entre los asistentes.
CAPITULO 7. Este capítulo tiene lugar en un periódico y Joyce hace la gracia de asignar un titular a cada veinte o treinta líneas de texto, aunque eso no altera en nada más el hilo de la narración ni la estructura básica que se ha seguido hasta ahora. Una vez más, se utiliza la narración en tercera persona de los movimientos de Leopold Bloom, intercalada del monólogo interior de él y de abundantes diálogos, algunos de los cuales tienen lugar sin que los oiga Bloom (y en algunos casos se refieren a él). Hay además unas páginas en las que Bloom hace mutis y vuelve a aparecer Stephen Dedalus, aunque a este no se le adscriben monólogos interiores, salvo ciertas frases que parecen más bien apostillas impersonales. Bloom, cumpliendo con su trabajo de agente de anuncios, lleva a un periódico el anuncio de un tal Llaves, que quiere que salga acompañado del dibujo de una llaves cruzadas. Simon Dedalus, Lambert y otros de los que han acudido al entierro se encuentran comentando y leyendo en alto el discurso patriótico que se publica de un personaje irlandés. Una gestión relacionada con el anuncio obliga a Bloom a salir del periódico. Sin embargo, la narración continua allí, describiendo los comentarios del director Myles Crawford y otros personajes (ahora, sin monólogos internos). Se rien de un golfillo que imita “los pies planos y los andares” de Bloom. Llega al lugar Stephen Dedalus y le dicen que su padre se acaba de marchar. Él entrega el artículo sobre la glosopeda que le ha dado el señor Deasy —“El bardo bienhechor del buey” reza una de las apostillas que Joyce intercala entre los diálogos de este personaje— y a pesar de que despierta cierta hilaridad, resulta aceptado. Uno de los presentes, Lenehan, les dice un juego de palabras: ¿Cuál es la ópera que se parece a una línea férrea? The Rose of Castille. Rose of cast steel. Más adelante, hace una reverencia soltando:
Madam, I’m Adam. El nombre de Molly Bloom vuelve a salir en la conversación: la musa vocal, la gran favorita de Dublin. El director Crawford pide a Stephen que le escriba algún artículo: “Algo con garra. Puedes hacerlo. Te lo veo en la cara. En el léxico de la juventud”. Bloom regresa con una oferta más concreta del señor Llaves para una inserción. “Que me bese el culo”, responde, burlón, el director.
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