CAPITULO 4. Comienza el protagonismo de Leopold Bloom. Se narran en tercera persona los movimientos de este personaje,
intercalando el monólogo interior del mismo. Bloom está preparando el desayuno para él y su esposa Molly mientras dirige algunas palabras a su gata. Sale a la salchichería del barrio para comprar un riñón de cerdo para desayunar. En el camino saluda a O’Rourke, propietario de taberna o bodega (“Buen rompecabezas sería cruzar Dublín sin pasar delante de una taberna”). En la tienda, una joven le precede en la compra y a él se le pasa por la cabeza acabar pronto para poder ir detrás de ella contemplando los movimientos de su cuerpo. Al regresar a casa, recoge del suelo dos cartas y una postal. Desde la cama, su mujer le mete prisa para que le traiga el desayuno y le entrega la postal y una de las cartas, que son para ella (al parecer, asuntos de sus negocios de cantante y también de amoríos adúlteros). Bloom fríe con mantequilla el riñón y sube el té con azúcar y tostadas a su esposa, que se queja de su tardanza. Mientras Bloom recoge del suelo piezas de la ropa interior de su mujer, ella le pregunta el significado de una palabra que ha encontrado en el libro que está leyendo: metempsicosis (transmigración de almas, reencarnación). Sale corriendo hacia la cocina para evitar que se le queme el riñón. Le da a la gata la parte quemada y el se pone a desayunar el resto junto con té, pan y mantequilla, mientras comienza a leer la otra carta, que está dirigida a él por su hija Milly. Conocemos entonces el contenido íntegro de la breve carta de Milly, en la que le da las gracias por la gorra que le ha mandado por su cumpleaños, le habla de fotos, excursiones y de que ha conocido a un estudiante y le pide perdón por su mala letra. Bloom recuerda que la chica tiene quince años y rememora brevemente el día de su nacimiento. Luego le entran ganas de ir al váter. Coge el periódico, se sienta sobre la taza y sigue dejando arrastrar su mente a la deriva. Finalmente, arranca una página literaria para limpiarse.
CAPITULO 5. Narración en tercera persona de los movimientos de Leopold Bloom, intercalada de monólogo interior algo más extenso y caótico que el del capítulo anterior. Bloom avanza por la calle, se detiene en el escaparate de una tienda de té de lujo, pasa por una estafeta de correos y la empleada le entrega una carta de la lista de correos dirigida a un tal Henry Flower (al parecer, un nombre que utiliza para cartearse en secreto). Se detiene para hablar con un tal M’Coy pensando en quitárselo de encima cuanto antes mientras acaricia la carta abierta en su bolsillo y cree palpar algo que podría ser una foto o una insignia. Habla con M’Coy del entierro de un tal Paddy Dignam, que va a ser ese día a las once. El amigo le pregunta por su mujer y Bloom responde que le acaban de ofrecer una actuación en el Ulster Hall de Belfast, aunque aún no está formalizada. Finalmente M’Coy le pide que ponga su nombre entre los asistentes del entierro ya que aunque a él le gustaría ir, tiene muchas cosas que hacer, y Bloom le dice que lo hará. Busca un lugar oculto para leer la carta que lleva en el bolsillo, que resulta ser de una tal Martha y adjuntar una flor en un alfiler. Saludando con un “querido Henry”, la tal Martha parece pedir disculpas por un pequeño enfado que había tenido con él, lamenta que él no sea feliz en su casa y dice que le gustaría ayudarle, añade que piensa mucho en él, que nunca se ha sentido tan atraída por un hombre como por él, que siente enormes deseos de conocerle y, como postdata, que le diga qué clase de perfume usa su mujer. La flor, el alfiler y el nombre de Martha llevan a Bloom a nuevos pensamientos a la deriva. Bloom entra en la iglesia de Todos los Santos en mitad de una ceremonia y deja vagar su mente observándola y recordando a cuento de la música sacra una buena actuación de Molly en el Stabat Mater de Rossini. Sale a la calle y entra en una farmacia y se lleva una medicina y unos jabones, que acuerda en pagar más tarde, y luego se dirige a una “mezquita de los baños” para bañarse.