En sus Confesiones, Joaquín escribía “Sólo uniendo tu suerte a la suerte del hijo único de quien ha envenenado la fuente de la vida… esperaba poder salvarme”. Abelín y Helena, reunidos por la exigencia de Joaquín, cobráronse afecto y reconociéronse mutuamente como víctimas de sus respectivas historias familiares y acordaron ellos construir un verdadero hogar. Joaquín piensa, una vez más, que logrará, por el matrimonio de su hija con el hijo de Abel, lograr la paz interior, que le llevará a ser otro.
El nuevo matrimonio se instala en la casa de Joaquín y pareció entrar allí el sol. Abelín escribía ya las memorias de su suegro, a quien llamaba padre, a la par que Joaquín empezó a escribir sus Confesiones. Helena les visita, pero se hacen manifiestas las diferencias de carácter —orirginadas en cuestiones de posición social— entre suegra y nuera.
Joaquina queda embarazada y cuando nace su hijo, las familias acordaron llamarle Joaquín. El pequeño aprende a convivir con las familias de sus padres; Joaquín, que adora al pequeño, quiere mantenerlo casi sólo para él: lo entiende como el medio por el cual alcanzará al fin su redención. Pero el niño crece prefierendo a su abuelo Abel, más afable; prefiere los dibujos que Abel le hace a los juguetes que le compra Joaquín y a los cuentos que éste le narra.
Resentido por esta preferencia del nieto y queriendo que el niño se vuelva hacia él, va a exponerle a Abel sus aprehensiones y le pide que se aleje de la relación entre él y su nieto. Le dice todo lo que pasa en su interior, de cómo se ha sentido despojado por su amigo de todo lo que él amaba y le suplica que acceda a no competir con él por el afecto del pequeño. Abel le responde que, a su entender, no bastaría con su alejamiento, pues es el propio Joaquín quien provoca no ser querido; y que el pequeño tal vez se aleja de él por temor, temor al contagio de la "mala sangre" de Joaquín. Se enfurece Joaquín y coge por el cuello a Abel, y aunque al punto lo deja, no puede evitar que Abel sufra un ataque cardíaco —"el ataque de angina"— y muera. En esos instantes aparece el nieto llamado a su abuelito. Joaquín le pregunta por cuál abuelito clama, y éste responde que por el "abuelito Abel".
Joaquín exterioriza su drama: dice que es él quien ha matado a Abel y justifica su acción: “…pero él me estaba matando; hace más de cuarenta años que me estaba matando".
Pasa el tiempo. Abelín y Joaquina ya tienen otro hijo, una niña. Joaquín se ha sumido en una honda melancolía y llega al final de su vida. Expresa a su familia su convicción de que ha sido él quien, directa o indirectamente, ha matado a Abel y no acepta la cariñosa protesta de Abelín y Joaquina; les pide que no le dejen y que rueguen por él. Luego pide a su nieto, a Joaquinito, que le perdone. También pide perdón a Antonia por no haberle dejado que le salvara: “Pude quererte, debí quererte, que habría sido mi salvación, y no te quise.”
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