Nuestro héroe ha regresado a París después de una larga estadía en un sanatorio. Camino a una
fiesta en la casa de la princesa de Guermantes se tropieza y, al intentar levantarse, una irregularidad en las baldosas le permite recordar una capilla en Venecia. De allí en adelante se aguzarán sus sentidos y recordará sensaciones vividas. Descubre así la clave para emprender la novela que tanto tiempo ha postergado.
Marcel Proust dedica en este volumen, el último de
En busca del tiempo perdido, una larga reflexión sobre lo que debe ser una obra de arte. La novela que el personaje va a comenzar a escribir debe salir de sí mismo, debe recobrar a través del lenguaje las sensaciones vividas, el tiempo ido. La entrada al salón le permite observar todo un entramado social coherente y contradictorio a la vez. Personajes que se detestaban se relacionan como si se hubieran querido de toda la vida. Una vez más el autor demuestra su fineza en la descripción psicológica y sociológica del entramado humano.
En busca del tiempo perdido, una aventura de la que el lector no puede salir sin ser transformado, pero siendo mucho más él mismo.