Cuando parte el pan del desayuno, el barbero Iván Yákovlievich encuentra en su interior… ¡una nariz! Aunque le parece de alguien conocido, no se explica qué pudo haber sucedido. Temeroso de la justicia, el barbero envuelve la nariz en un trapo y sale a la calle para deshacerse de ella. Desde el puente más cercano, la lanza al río Neva. Su sensación de alivio se desvanece cuando un policía lo interpela desde el otro extremo. Ni el intento de soborno con afeitadas vitalicias gratis acalla la implacable pregunta: “¿qué hacias allí?”.
La voz narradora informa al lector que nada más se sabe de este acontecimiento, pues se ha diluido en una extraña nebulosa.
El Mayor Kovalev llega a San Petersburgo en busca de un ascenso y de una mejor posición social. Hasta está dispuesto a casarse, siempre que la novia aporte una suculenta dote. Pero sus planes se desmoronan cuando su imagen en el espejo revela que, en lugar de su agraciada nariz, no hay más que una pedestre llanura.
Desconcertado, es testigo de un hecho extraordinario: su nariz, personificada en un funcionario de impecable uniforme que denota un puesto jerárquico superior al de él, sube a un coche para dirigirse a una visita. Desesperado, solo atina a perseguirlo. Finalmente, lo encuentra rezando en la catedral cercana. Trata de convencerlo de que debe volver a su lugar, es decir entre sus dos mejillas, pues las personas comunes y corrientes allí tienen su nariz. Mas la nariz, altanera, le recuerda que en virtud de la distancia jerárquica que los separa, entre ellos no puede haber ninguna relación estrecha. Confuso, Kovalev calla.
Pronto constata que la nariz se ha ido y emprende una denodada lucha por recuperarla. Acude al periódico para poner un anuncio con las señas de la nariz, pero es rechazado debido a que tal publicación afectaría el prestigio y credibilidad del medio. El jefe de policía también rechaza el caso porque cree que se está burlando de él.
Desazonado, regresa a casa. Pese a que ya ha caído la noche, toca a su puerta el policía que vigila el puente. Para su sorpresa y alegría le trae la nariz, porque pensó que tal vez la necesitaba. La encontró montada en un coche, a punto de huir a la ciudad de Riga. El Mayor lo invita a tomar té, pero el policía alega miles de ocupaciones; ante lo cual se despide de él, no sin antes deslizar un billete en su mano.
Kovalev se enfrenta a un nuevo problema: cómo pegar la nariz. El médico declara que, si intenta pegarla, las consecuencias serán peores. Antes de marcharse, ofrece comprarle la nariz; pero Kovalev se niega rotundamente.
Mientras tanto, este extraño acontecimiento se propaga por la ciudad y causa aglomeraciones en el lugar y la hora que el últímo rumor indique como propicios para que la nariz de Kovalev se pasee.
La voz narradora señala que a estas alturas del relato los hechos vuelven a sumirse en la niebla.
Una buena mañana, Kovalev se ve al espejo y la imagen que le devuelve lo lleva al éxtasis. Su nariz ¡está en su lugar!
La recuperación de la nariz devuelve a Platón Kovalev su vanidad y su afán de escalador social, que retoma con mayor fuerza; como quien ha superado una prueba de fuego.
La voz narradora hace una recapitulación de los extraordinarios acontecimientos que han tenido lugar y concluye que estas cosas suelen suceder, aunque no son frecuentes.
Esta alucinante narración (perteneciente a las Novelas breves petersburguesas) está empapada de un fuerte tinte onírico que, lejos de apartarla de la realidad, la compromete con una crítica de usos y costumbres de índole política, económica y social. Llama la atención el espíritu juguetón de la voz narradora que, sin embargo, hacia el final de la historia se desvive por justificar la verosimilitud de los acontecimientos que ha referido.
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