GARCÍA MÁRQUEZ, GABRIEL: “La mala hora” Ed. Sudamericana, 26ª edición. Buenos Aires, 2000.
“Martes cuatro de octubre…
San Francisco de Asís”. Ese día, registrado de esa manera en la conciencia del párroco del pueblo al amanecer, comienza la historia con la que Gabriel García Márquez nos tendrá atrapados hasta el final.
Una serie de
sonidos habituales van dando comienzo a la jornada en ese ignoto lugar, cuyo nombre no menciona el autor, pero que nos recuerda a Macondo: las cinco campanadas anunciando la hora, el rumor de la lluvia, los buenos días de Trinidad, y el sonido claro pero algo irreal del clarinete de Pastor.
Al mismo tiempo,
los sentidos del cura han ido despertándose de a poco y comienza a percibir una serie de
olores, también cotidianos: la pestilencia del excusado, el vapor de los nardos bajo la lluvia y luego, en la nave de la iglesia, el tufo desagradable característico de los lugares poco ventilados.
Mientras la encargada de la limpieza, Trinidad, va realizando la diaria tarea de recoger los ratones muertos en las trampas, informa al párroco de la reaparición misteriosa de los papeles que revelan secretos a voces de la
vida privada de algunos
personajes del pueblo, y día tras día van apareciendo pegados en las puertas de las casas pueblerinas. Esos papeles, los
pasquines, serán el objeto de nuestra intriga a lo largo de todo el relato.
El día en que se inicia la historia estará marcado por la tragedia. César Montero asesinará a sangre fría a Pastor, convencido de que es el amante de su mujer. Él lo sospechaba y se lo confirma un pasquín que arrancó esa misma mañana de la puerta de su casa. A partir de entonces, los habitantes del pueblo no hablarán de otra cosa que de las sucesivas apariciones de nuevas hojas garrapateadas cada madrugada. A través de ellos nos iremos enterando de las historias de esas familias pueblerinas, de las habladurías y los chismes que revelan o disfrazan sus vidas privadas. Pero en realidad ellos constituyen la cortina de humo que oculta la verdadera miseria de esa
sociedad sojuzgada por un poder político corrupto y mezquino.
Poco a poco se irá conociendo la trama que se va entretejiendo con los hilos de la historia de cada una de las familias y que tendrá un trágico final
En la mañana del 21 de octubre- día de San Hilarión, según la reflexión del párroco al despertarse- ya el lector ha recompuesto la historia y estará seguramente encontrando similitudes entre ésta y otras, muy repetidas
en pueblos semejantes a Macondo esparcidos por toda Latinoamérica. El Padre Ángel- uno de los pocos protagonistas honestos y bienintencionados del relato - provenía de Macondo, y en aquella parroquia lo sucedió un cura de vida tan larga como su propio nombre: Antonio Isabel del Santísimo Sacramento del Altar Castañeda y Montero. Más de una vez los acontecimientos que se están viviendo y la
atmósfera de éste su nuevo lugar de residencia, le despiertan al Padre Ángel añoranzas del Macondo legendario de “Cien años de soledad”.
Otros personajes del imaginario de García Márquez, pueden reconocerse en esta novela de la etapa formativa de su autor:
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El Alcalde, autoritario y corrupto, sufre el mismo dolor de muelas que lo atormentara también en uno de los relatos de “Los funerales…”. Él será uno de los más preocupados por la “vaina” de los pasquines. (Ese vocablo que se repite constantemente en la novela, es propio de algunas regiones latinoamericanas como Colombia, Nicaragua y Venezuela; significa contrariedad o molestia).
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La Mamá Grande aquí es un fantasma que deambula por la casa que habitan sus descendientes, según la imaginación de la viuda del terrateniente Don Chepe Montiel.
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La muchacha que confeccionaba flores artificiales y su abuela ciega provienen de un cuento también perteneciente a “Los funerales de la Mamá Grande”.
Tan corrupto como el Alcalde- o tal vez más- resulta el
Juez Arcadio, cuyo carácter acomodaticio y poco comprometido no se gana precisamente la simpatía del lector.
El peluquero, por otra parte, aparece como el crítico social por excelencia, la conciencia pública de este pueblito tan similar a Macondo.
El pueblo está descrito con detalles minuciosos. Pero es
en la atmósfera enrarecida y en la pesadez del clima tropical donde reconocemos ese ambiente tan propio de los textos de García Márquez que parecen acentuar la tensión dramática de la novela. Cada uno de los locales repite lugares que nos fueron presentados en otras ocasiones: Las viviendas con sus patios, el bar pueblerino con su juego de billar, el pueblo con
su plaza y sus calles calcinadas por el sol o inundadas por una lluvia persistente que parece interminable… También es mencionado el hotel donde había estado Aureliano Buendía cuando “iba a convenir en Macondo los términos de la capitulación de la última guerra”.
Si bien la obra no alcanza la calidad narrativa de otras del mismo autor, su lectura nos ha deparado el placer de un auténtico descubrimiento. La tensión no decae, y nos sentimos arrastrados por el misterio de los pasquines hacia un final sorpresivo. Otros relatos de García Márquez nos habían dado a conocer anécdotas y personajes que aquí reaparecen, pero componiendo una nueva invención que propone al lector una
reflexión política, filosófica y moral.