Con un estilo desenfadado, que apela en forma directa a un tú correspondiente al
lector, Salinger nos introduce en la problemática
del adolescente de todos los tiempos, el que busca explicación y el sentido de su vida, una vez traspasado ese umbral seguro de la infancia.
El personaje, narrador protagonista, después de aclarar al
lector algunas cosas que le parecen importante, recorre un largo periplo desde Pency hasta su casa en Nueva York en busca de respuestas a su problemática. Respuestas que no encuentra en el camino. Por el contrario, el anecdotario revela que cada acontecimiento vivido, lo va hundiendo más en el estado depresivo que viene devastando su vida estudiantil. Salvo, el recuerdo y el encuentro con su hermana menor Phoebe, a quien Holden ama y admira más que a ninguna otra persona en el mundo. A Holden lo han expulsado de distintos colegios por motivos de rendimiento, y ese viaje de retorno a su casa otra vez con malas noticias, lo dilatará todo lo
posible.
Este hecho singular, induce a pensar en la posible tesis planteada por Salinger en la novela respecto del quiebre emocional que significa pasar de un estado de conciencia a otro. Junto al descubrimiento de la realidad del yo, hecho que se produce en plena adolescencia, sobreviene el quiebre existencial que a muchos jóvenes y a otros no tan jóvenes, los conduce al rechazo de la realidad, llevándolos por el mundo angustiados y sin rumbo. Holden siente cercanía con Phoebe porque ella no ha perdido la inocencia del niño, no ha entrado todavía al mundo infinito del yo, por donde vaga sin sentido el protagonista. Y busca aferrarse a ella, porque a su edad los paradigmas son todavía sólidos y firmes como verdaderas columnas de catedral.
La novela, desde luego, ofrece diversas lecturas. Pero en lo fundamental acota el mundo adolescente, y de ahí su cercanía con el lector joven que se descubre a sí mismo en un Holden desorientado y sorprendido como él mismo.
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