Como agua para chocolate, Laura Esquivel, Grupo Editorial Planeta, 1989, Buenos Aires, Argentina.
Para que una novela me atrape debe ser una novela distinta, que se salga de alguna manera de los moldes típicos; para que una novela me conquiste definitivamente debe deslumbrarme, no porque yo me considere genial, ni nada por el estilo, sino porque generalmente soy mala lectora de novelas, me aburre, me cansa, me deja afuera de su trama sin lograr involucrarme, en otras palabras, yo y la novela tenemos una extraña relación de amor-odio no resuelta. Luego de haber leído mucho realismo mágico mlatinoamericano, despuès de “Cien años de soledad” por ejemplo, mucho del realismo mágico parece plagio (esto le pasó tambien a García Marquez) pero la novela de la mexicana es una cuestión muy diferente.
Esta novela separada en doce capítulos cuyos títulos se corresponden con los meses del años tiene una
estructura perfecta, los subtítulos se corresponden a recetas de cocina, y las recetas de cocina son un “alma” fundamental dentro del argumento, de manera casi folletinesca y con la excusa de una charla de cocina, la protagonista, Tita, nos va contando una saga familiar, la de la familia De la Garza. Mezclando fragmentos históricos con ficción es una buena pintura de Latinoamérica, con sus delirios, contradicciones y derivas políticas, porque pese a estar ambientada en plena revolución mexicana, los conflictos reflejados, tanto en los político como en lo social, son actuales y vigentes.
Es, precisamente la estructura, casi de folletin, cerrando argumentalmente cada capítulo, pero dejando un punto suelto que debe tejerse en el próximo, lo que le confiere un encanto candoroso, que disimula hábilmente, lo complejo de su argumento. Ese artificio de parecer simple, sin serlo, es algo que requiere mucho talento y no cualquiera puede hacer. Alguna vez dije que algunos autores simulan ser complejos cuando en realidad son confusos (muchos de ellos son culpables de que no los lea) pero no es el caso de Laura Esquivel. Como agua para chocolate es uno de los libros que lamentaría no haber leído al final de mi vida, creo que más que eso no se puede decir.