La tan esperada segunda parte de Los Pilares de la Tierra ya está en castellano. Algunos de los fanáticos a los que nos encantó
aquel primer libro no hemos esperado a que saliera la traducción y hemos buceado en las mil doscientas páginas de
historia que tanto prometían y que, personalmente, tanto me han decepcionado, en el inglés moderno que tan poco creíble hace la historia. Un Mundo Sin Fin es una copia casi exacta de Los Pilares de la Tierra, lo que en principio pudiera parecer algo bueno pero termina no siéndolo tanto. Ambientada doscientos años después de la primera parte, los descendientes de los protagonistas se enfrentan a vicisitudes muy parecidas a las de sus antepasados: nobles tiránicos, priores odiosos (¡cómo se echa de menos al bueno de Philip!), una religión asfixiante y mal aplicada, y, por supuesto, una catedral que en este libro -curiosamente y a pesar del bombo que se la ha dado en Vitoria- apenas aparece. La historia empieza con un grupo de niños que son testigos del ataque a un
caballero real que se niega a entregar una carta a dos soldados. Todos los niños huyen despavoridos cuando el caballero mata a sus atacantes, menos uno, que le ayuda a enterrar la carta y jura guardar silencio; el caballero se cobija en el priorato y se convierte en monje, perdiendo el brazo en el que le habían herido por la profunda estupidez del monje-médico que le atiende. Mertin, el niño que había ayudado al caballero, crece para convertirse en un joven bueno y trabajador cuyo mayor sueño es construir la torre más alta del mundo, pero tiene que luchar contra el desprecio de su familia -para la cual sólo es meritorio ser caballero del rey- y el del jefe del gremio de carpinteros, con cuya hija, embarazada de otro, no quiso casarse y quien le odia a muerte por ello. Caris, la novia de Mertin y verdadera protagonista de la historia, se rebela contra su destino como mujer: no quiere limitarse a ser madre y esposa a pesar de estar muy enamorada de su novio y saber que él la resptará como persona pensante y con ideas propias. Su sueño es curar a la gente, ser médico, pero su condición de mujer se lo impide. Ralph, el despiadado hermano de Mertin, cumple el papel de pérfido noble al que ya nos acostumbramos en la primera parte, y Gwenda, amiga de Caris, se las ve y se las desea para sobrevivir: un padre que la vende como si fuera una mercancía, un amor que parece imposible por un hombre que termina casándose con ella pero sigue encandilado de otra, el hambre, la peste, las injusticias...Todo esto, sólo para abrir boca. A lo largo de la novela, al más puro estilo bestseller del que tanto alardea Follet, los infortunios y las maldades se van sucediendo en una larga cadena que agotaría al mismísimo Job. Caris es acusada de brujería y se ve obligada a meterse monja para salvar la vida, con lo que Mertin decide marcharse y rehacer su vida en Italia, casándose y teniendo una hija pero sin poder olvidar a su verdadero amor; Ralph consigue devolver la gloria a su padre, un caballero venido a menos, convirtiéndose en señor, uno tan despiadado que viola y ataca a sus súbditos sin remilgos; Gwenda y su marido luchan por sobrevivir bajo el mandato de Ralph, que odia al marido de Gwenda y se ha encargado de quitarle las tierras que heredó de su padre; el prior (primo de Caris), junto con su acólito Philemon (hermano de Gwenda), llevan a la ruina al priorato con su mala administración, roban a las monjas, falsean pruebas para condenar a muerte a Caris... Todo esto regado con la peste negra de fondo, que, por supuesto, se encarga de matar a todos los malos de la historia y dejar a Mertin viudo para poder esperar a que Caris reciba un perdón y deje a las monjas. Como siempre, final feliz para todos: Mertin regresa a Kingsbridge, se casa con Caris, reconstruye la torre en ruinas de la catedral (ah, sí, la torre se cae; pero la historia de la catedral no ocupa más de cinco páginas en todo el libro) y se convierte en uno de los hombres más poderosos de la ciudad. Paradójicamente, Caris ha aprendido lo suficiente sobre medicina como monja para poder regir su propio hospital (cientos de pacientes de peste negra bajos sus manos y ella no se contagió, curioso). Gwenda mantiene a su amado, que en realidad sólo la ha querido a ella, y mata en defensa propia al acólito de Ralph, a quien el propio hijo de Ralph y Gwenda -fruto de una violación- atraviesa con la espada sin saber que es a su padre a quien ha matado. El final, esa aclaración de la dichosa carta que el caballero entierra en las primeras páginas y que al final una ya tiene más que olvidada, completamente anti-climático, como lo fue el de Los Pilares de la Tierra: el rey que supuestamente había muerto había, en realidad, fingido su muerte. Claro que, cincuenta años más tarde de que su hijo tomara el poder, ya estaba realmente muerto y poco importaba.Resumiendo: más que un mundo sin fin, parece un libro sin fin.