Varias son las sensaciones que asoman en este libro que intenta desatar la existencia del ser humano en sus orillas. Nos
mantiene en vilo el autor en el limbo entre lo real y lo irreal; en la frontera entre la vida y la muerte; en el linde entre lo consciente y lo inconsciente; en el filo entre el amor y el desamor.
En ocasiones pareciera una exploración más allá de las dimensiones físicas terrenales hasta abocar nuestra existencia en el tejido de una realidad desgarrada; volcando nuestros ojos en los agujeros de una irrealidad que se desgrana desde la ficción a través de las rupturas en el continuo del universo por las cuales es posible pasar a otros mundos en el orden de lo fabuloso.
En el trasfondo subyace la orilla de las
relaciones humanas hecha aquí manifiesta de manera directa mediante el mítico complejo de Edipo. La relación entre un niño de 15 años, en la linde de volverse adulto, con una mujer que de hecho, de manera real, puede muy bien ser su madre. Mientras de otro lado, también en la orilla de las relaciones humanas, Nakata y su fiel escudero Hoshino, que hacen las veces de Don Quijote y Sancho Panza, viven su aventura surrealista de abrir y cerrar la puerta de entrada a ese otro mundo transido de ficción en el que en lugar de enfrentarse a los molinos dialogan con los gatos.
Se devana en este juego el intento de hacer un homenaje oriental a la literatura y a la cultura occidental que en el espejo de las letras se distorsiona al mostrar el autor, en su juego con los elementos comerciales, un Japón bastante occidentalizado. Se acerca el autor en su obra de manera peligrosa a la frontera de lo inverosímil y a la vera de lo humorístico que llega a rayar en lo burlesco cuando toca precisamente el tema comercial. En fin, una historia que se deja leer en las orillas de la aventura, la sorpresa, lo estrafalario, las sensaciones y lo imaginario.