BRIGITTE RIEBE: “PFORTEN DER NACHT”; Piper Verlag, München, 1998. (477 páginas)
Colonia, Alemania. Primera mitad del
siglo XIV. Las crisis del siglo, hambre, guerras y sobre todo la gran peste que produjo el gran retroceso demográfico, estaban comenzando a hacerse sentir. El orden establecido, que durante varios siglos había permitido una convivencia medianamente pacífica, se resquebrajaba. Tres Papas fueron elegidos simultáneamente y la iglesia local se empezaba a dividir entre la iglesia de los ricos y la iglesia de los pobres que, aunque solo parcialmente, canalizaba a través de los monjes las bizarras espiritualidades de mendigos, visionarios y flagelantes. Allí también vivían muchos de los grandes ganadores del siglo: los prósperos
comerciantes y también muchos de los grandes perdedores: los judíos.
Este es el trasfondo histórico de esta novela cuyos
personajes no son reales (solamente hay una lejana y poco significativa alusión a Carlos IV, al emperador Luis de Baviera y al arzobispo de Colonia), sino que son prototipos de esa sociedad diversa, productos de una concienzuda investigación sobre las condiciones históricas vigentes y de la imaginación de la autora.
Ana, una cuasi huérfana, perteneciente a una familia de curtidores pobres, Esra, hijo del rabino y Johannes, hijo de una destacada familia de comerciantes, compañeros de juego en la infancia, se juran amor y fidelidad eternas.
Este es el hilo conductor de la historia que siempre resurge mientras se van desarrollando las historias de los personajes y sus familias, tan diferentes e irreconciliables entre sí. Hay intrigas, venganzas, amores imposibles, asesinatos y muertes prematuras – sin golpes bajos o chocantes – hasta que, al final de la novela, después del azote de la peste y el asesinato de los judíos, sobreviven dos de ese triángulo inicial que irán a rehacer su vida a otra parte.
La trama es llevadera. Quizás un poco confusa al principio porque son muchos los personajes que aparecen, desaparecen y reaparecen muchas páginas después y es fácil olvidar o confundirlos (creo que es imprescindible incluir la lista de los nombres que, a modo de señalador, viene con el libro original). No hay demasiada profundidad en los retratos de las personas pero sí mucha acción y excelentes descripciones que a menudo evocan la pintura del quattrocento italiano. El lenguaje es pesado, su severidad impide la lectura fácil, pero la historia, aunque lineal y bastante previsible, atrapa, y se la retoma con ganas.