En un determinado país, un día, la muerte decide suspender su
trabajo. De forma que, tras unos iniciales momentos de euforia
colectiva, el país empieza a sufrir las consecuencias es ésta cuando menos arbitraria decisión: colapso en los hospitales, ancianos eternos convertidos en estorbos, funerarias sin
trabajo, ….
Viniendo de la mano de Saramago, el argumento prometía. No pocas veces este autor ha colocado al ser humano en situaciones límite y ha sabido sacar provecho de ello; pero, en esta ocasión, no ha ocurrido así. En la primera parte del libro nos habla de la muerte como si este fuese un ente real, capaz de comunicarse por carta con la gente, que no es universal ya que cada país tiene la suya, que deja de trabajar en un país no se sabe por qué motivos y reanuda más tarde su tarea. En la segunda parte, que para mí no tiene relación ni continuidad con la primera, la muerte en el cuerpo de una bella joven vivirá una
historia de amor con un músico de la orquesta nacional.
En mi opinión, Saramago inicia una historia de la cual más tarde no sabe o no quiere salir, que no concluye y que no cierra.
Hay pocas cosas que salvo en este libro, entre ellas, las críticas que el autor deja caer sobre el pobre comportamiento de los gobiernos en situaciones límite, de las iglesias, de los medios de comunicación; críticas que podemos leer y disfrutar en cualquiera de los otros libros de este autor.