En
“Hijo de hombre”, Augusto Roa Bastos pone en boca del narrador los recuerdos
de Itapé, lugar donde nació; y de sus gentes, con fama de herejes, como así lo atestigua la leyenda del Cristo del cerro, clavado en la cruz negra. En forma de diario relata la guerra del Chaco, contra los bolivianos, que tan profundamente marcó a la sociedad paraguaya. Las vidas individuales de los
personajes que se suceden describen una realidad social injusta y la convulsión política que azotaba al país en aquel tiempo. La lectura se torna dificultosa en ciertos tramos, estos personajes surgen y desaparecen a lo largo de la novela en varias ocasiones. Las palabras y expresiones guaranís, con sus giros y matices naturales, tienen difícil traducción al castellano, pero Roa Bastos las intercala en un intento de aunar ambos idiomas, al menos en ese experimento lingüístico, del que se muestra un experto y conocedor único. Merece la pena seguirle entre descripciones, costumbres y paisajes de un pueblo del interior como en el que se crió; del todo recomendable.
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