Una extraña
enfermedad azota a la población, una
ceguera blanca. Y dado que no se conoce cómo se trasmite, las autoridades
recluyen a los afectados en un edificio de las afueras de la ciudad, dejándolos abandonados a su propia suerte. En esta situación de reclusión forzosa pronto empieza a primar la ley del más fuerte: el control sobre los objetos de valor, sobre la comida, sobre las mujeres; hasta que alguien no pudiéndolo soportar más, una mujer, confiesa el secreto que había estado guardando: ella no está ciega, sólo aceptó la reclusión por estar junto a su marido. A través de sus ojos y haciendo uso de la evidente ventaja, un grupo de personas logra salir para descubrir una ciudad donde los ciegos vagan por las calles y reina la anarquía.
Saramago, que escribe sin párrafos, sin diálogos, con un discurso continuo que nos deja sin respiración, nos habla de la crueldad, de la avaricia, de la mezquindad de una sociedad dominada por el pánico, y también de la solidaridad y de la camaradería. Nos sumerge en la acción, nos atrapa, nos horroriza y escandaliza, nos sorprende, nos hace sospechar que, llegado el caso, todo aquello bien podría llegar a ser verdad.