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Un alma de Dios

Summary rating: 4 stars 16 Puntuación
Review by : Leeconmigo
Visitas : 168  palabras: 900   Publicado el: octubre 20, 2007
Retrocedamos con la imaginación dos siglos atrás, a 1809 para ser precisos, a una casa gris, húmeda, ubicada en una callecita que llevaba hasta el río y detrás del mercado. Allí moraban dos mujeres, el ama, meláncólica viuda con dos hijos pequeños y su sirvienta Felicitas. Esta última es nuestra protagonista. De atuendo austero rematado por un delantal con peto propio de las enfermeras de entonces, tras la misa diaria cumplía prolijamente sus deberes y se alimentaba con austeridad. Su edad, indefinida para quien por casualidad la observase en sus tareas propias de un robot. Sin embargo, Felicidad tuvo, a sus dieciocho años un amor. Un novio conocido en una romería a quien en escapadas virtuosas veía a escondidas y que, tras proponerle matrimonio, se casó con una vieja muy rica cumpliendo así su objetivo de escapar de la miseria y del servicio militar. Felicidad lloró su pena, dejó su trabajo de moza de corral y se dirigió a una alquería a buscar un nuevo trabajo. Allí fue contratada por su actual ama en calidad de cocinera. Quiso a los niños, jugó con ellos y cumplió la orden del ama de no besarlos. Una tarde de paseo por los prados salvó a la familia del ataque de un toro bravo que fue tema de conversación durante mucho tiempo en Pont-l ‘Evêque, lugar donde se sitúa el relato. El susto causó en la pequeña niña, llamada Virginia, una afección nerviosa que fue tratada con baños de mar en Trouville. Un caballo transportó a la dama y un asno a la sirvienta y los niños, bajo la conducción de un arriero a través del lodo y los baches del camino, cruzando, sin que nadie lo percatase la casa del antiguo novio de la criada. El viaje sirvió para que la niña se recuperase, conociesen el mar y que Felicidad se encontrase con una hermana pobre y con hijos que fue rápidamente despedida de la casa del ama a quien le molestaban las debilidades ajenas. Al regreso el niño fue enviado a un colegio y Felicitas acompañó todas las tardes a Virginia a clases de catecismo. De las enseñanzas del cura rescató aquellas imágenes que pudo asociar a sus experiencias de niña pobre y los dogmas la hicieron dormir en el banco acogedor por el entorno amplio y suntuoso. Felicidad, identificándose con la niña por el gran afecto que hacia ella sentía, recibió su primera comunión. La niña un día partió en un coche tirado por caballos a seguir su educación en un colegio de monjas. Víctor, un sobrino de Felicidad recibió todo el afecto ya sin destinatario, hasta que embarcó hacia La Habana dejándola desolada. Meses más tarde el ama le leyó una carta donde le notificaban su deceso, debido a la fiebre amarilla y a haberlo sangrado demasiado en el hospital. Los aires de Provenza y los dos dedos de vino de Málaga nada pudieron contra la tuberculosis que un tiempo después se llevó a Virginia. El dolor casi enloqueció a la madre y Felicidad, triste, no pudo menos que comparar el ceremonial con el entierro anónimo de su sobrino. Pasaron los años, todos iguales, rota la monotonía sólo por las cartas del hijo ausente de vida disipada. Las dos mujeres, desaparecidos poco a poco los amigos del ama, se paseaban por el jardín hablando siempre de Virginia hasta que un día el ama dejó a un lado su altivez y se unió en un abrazo de común dolor con la sirvienta, quien desde entonces, además de una fidelidad incondicional hacia ella fue abriendo su afecto a los demás. Cierto día recibieron de regalo un loro, propiedad de una baronesa amiga que lo había traído de América y que Felicidad, en su ignorancia, asociaba a los viajes de su sobrino. El loro llamado Lulú fue su compañero travieso hasta que éste murió. Lo hizo embalsamar y lo puso en su pieza atiborrada de objetos dispersos que su ama desechaba y ella los recuperaba pues le traían recuerdos. En la iglesia contemplaba la imagen del espíritu santo pues se asemejaba mucho, con sus deslumbrantes colores, a su loro .Compró una imagen, la puso junto al ave disecada y les rezó a ambos. Pablo, el hijo disoluto de pronto se convirtió en un hombre serio tras casarse con la hija de un inspector. A los sesenta y dos años murió el ama y Felicidad la lloró como nadie llora a un patrón. La nuera retiró los muebles y puso la casa en venta. Felicidad, según su costumbre adquirida se arrodilló a rezarle al loro que reflejaba en su ojo de vidrio la luz que entraba por la ventana de su cuarto que ahora tendría que abandonar, el hogar de su loro, tan cómodo para él. Pasaron años sin que la casa se vendiese o alquilase y Felicidad, con la pensión dejada por el ama continuó su deterioro. Para la procesión del Corpus quiso, en su fiebre, poner alguna donación en el altar y con la benevolencia del cura el loro ocupó un sitio en el altar, escondido tras las rosas, visible sólo su frente de color lapislázuli, tras recibir un beso en la frente de la mujer quien “al exhalar el último suspiro, creyó ver en el cielo entreabierto un loro gigantesco planeando sobre su cabeza”

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Comentarios sobre Un alma de Dios

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  1. un alma de Dios

    rocio marin

    sábado, 20 de octubre de 2007

    como estudiante me intereso mucho su resumen de este clasico, me dieron muchas ganas de leer el original. Gracias !!!

  2. gustave flaubert

    juana robles

    sábado, 20 de octubre de 2007

    excelente resumen.

  3. Gracias

    Roberto Ramirez

    domingo, 21 de octubre de 2007

    Este resumen MEGUSTO MUCHAS GRACIAS A LA PERSONA QUE LO ESCRIBIO!

  4. un alma de dios. Flaubert

    Jacinta Echeverría

    lunes, 22 de octubre de 2007

    Didáctico y entretenido, gracias

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