Santa es una joven mujer que lleva consigo el “estigma” de ser bella y voluptuosa en una forma poco común. La historia transcurre
en la Ciudad de México a principio del siglo XX. La casi adolescente es seducida por Marcelino Beltrán, un joven alférez de gendarmería, quien la abandona a su suerte después de un solo encuentro amoroso. Al sufrir un espontáneo aborto, es arrojada del hogar materno por Fabián y Esteban (sus
hermanos) que, según la moral de la época, habían sido agraviados en un grado extremo por su propia hermana. Santa, parte en medio del dolor de Agustina (su madre) y el rechazo total de sus hermanos. Antes de ser abandonada por Marcelino, casualmente se topa en una feria, con Elvira la “Gachupina”, quien al percatarse de la gran belleza de la muchacha, le extiende un ofrecimiento para que se integre al lupanar manejado por Elvira. Con la llegada al negocio de la Gachupina, Santa pasa de niña mimada de hermanos y madre, a prostituta cotizada. La ironía de la vida hace blanco de bromas crueles a la protagonista: ¿Si eres santa, que haces en un lugar como este? Hipólito es un
pianista invidente, con marcadas cicatrices de viruela en su rostro (acompañado siempre por Jenaro, su lazarillo), el ciego ameniza las noches en casa de Elvira con su enorme talento para interpretar la música. En poco tiempo, el pianista, se convierte en confidente de Santa; enamorándose perdidamente de ella. Hipólito esta convencido que a pesar de su nuevo oficio Santa, guarda cierta pureza intrínseca la cual cree nuca perderá. Santa, paulatinamente se adapta a su nuevo modo de vivir sin, perder del todo ese rastro de nobleza que Hipólito percibe; hasta que, en una noche de juerga Fabián y Esteban localizan a su hermana para darle la una dolorosa noticia: su madre había muerto ¿acaso por el dolor infringido por su propia hija? Los tres hermanos lloran la muerte de su madre y, a manera de despedida le reprochan a su hermana que, si su madre murió colmándola de bendiciones, ellos no harían lo mismo y, la maldicen por última vez. Este último acontecimiento pone fin a la inocente niña que alguna vez fue. Poco después, aparece una oportunidad para que Santa deje atrás su vida de meretriz. Un español matador de toros, el “Jarameño”, ofrece hacerla su mujer sin mirar ni tomar en cuenta su pasado y, la lleva consigo en su temporada por México , al fin de la misma, la llevaría a España para iniciar juntos una nueva vida. ¿Qué lleva a Santa a desperdiciar esta oportunidad? La inmotivada infidelidad de Santa pone fin a un ensayo de vida honesta. No es comprensible su proceder y, en una ausencia del Jarameño seduce a Ripoll, aprendiz de comunista y compatriota del Jarameño; Ripoll llama la atención de Santa por tener la “fortuna” de que todo lo que intenta, le sale mal. Al ser sorprendidos, los infieles salvan la vida de milagro y Santa retorna a la casa de Elvira; donde a poco de su retorno, se ve involucrada como testigo de un homicidio. Santa comienza a presentar síntomas de merma en su salud, eso y un segundo intento fallido para dejar el tugurio, hacen que a partir de ese momento su vida caiga en tobogán vertiginoso; y en las últimas etapas de su ocaso llegue a vender su cuerpo a vagabundos y pordioseros por unos centavos y hasta por una copa de aguardiente. Sintiéndose muy próxima a morir decide, acudir una vez mas a Hipólito quien, a pesar de todo se a mantenido al pendiente de los tumbos que Santa a dado; en muestra de un amor incondicional; no puro, pero sí incondicional acude a rescatarla del tugurio donde yace. Sometida a una revisión médica, le es diagnosticado un cáncer muy avanzado en el útero, el cual la tiene a días de morir. Rebelándose en contra de lo inevitable; Hipólito decide gastar en una cirugía paliativa los ahorros de toda su vida, antes de entrar al quirófano Santa, hace prometerle a Hipólito, que al morir ella, llevara sus despojos a sepultarlos al lado de su madre. Efectivamente, la mujer no sale bien librada de la cirugía y no llega a despertar de la anestesia. Pocos, muy pocos acuden a su sepelio y, nadie más que el pianista y su lazarillo le dan sepultura. Desde entonces Hipólito acude religiosamente, día a día a llorar sobre la lapida de su amada que, tiene grabado un nombre: Santa; nada más. Así, perdiendo la noción del tiempo es despedido por la noche que a caído. Y, cuando ya no tiene más lágrimas que tributarle, cae en cuenta lo que cada uno fue en su vida y se despide de ella con la plegaría: Ruega, Señora, por nosotros los pecadores…