“El Gran Gatsby”, la
novela de Scott Fitzgerald, es un monumento a la década de los veinte del siglo pasado, a todo su glamur,
su música, su moda y sus excesos. Es, fundamentalmente, un relato admonitorio sobre el “Sueño Americano”, y advierte que hay cosas que el dinero no puede comprar. Fitzgerald describe el período posbélico en America como amoral y corrupto. En esencia, pretende hacernos conscientes de que se trata de una sociedad lanzada precipitadamente a la búsqueda del hedonismo sin apelar a los valores morales y sociales que constituyen los cimientos de la América de preguerra. La historia de Gatsby es contada a través de la voz firme y sosegada de Nick Carraway. Participante involuntario en su relato, e incidentalmente vecino de Gatsby, Nick se ve enredado en esta historia de misterio, intriga y amor no correspondido ambientada sobre el telón de fondo de la elegante Long Island neoyorquina. Gatsby participa de este disipado hedonismo organizando espléndidas fiestas semanales para enjambres de parásitos que ni siquiera conocen a su anfitrión; pero el propósito de Gatsby es más complejo que el de los juerguistas que acuden a sus fiestas. Gatsby es sobre todo un hombre, moldeado por la pobreza de su juventud y decidido, por muy inocente que pueda parecer, a reavivar su relación con la figura de perfecta muñeca barbie de Daisy Buchanan. El pasado de Gatsby es incierto, lo que contribuye a la atmósfera de misterio entorno a Gatsby creada por Fitzgerald en los primero capítulos de la
novela. Quién es él exactamente, es algo que nunca llegamos a saber. Ciertamente, Gatsby no es su auténtico nombre; nunca llegamos a saber con certeza cómo ha construido su imperio ni amasado su fortuna, aunque se da por seguro un pasado dudoso ligado a la mafia judía y al contrabando, entre otras actividades criminales. Pero Gatsby, que está enamorado de Daisy, casualmente prima del narrador, ha pasado toda su vida adulta creando un mundo para ésta. Es éste un mundo de lujo chillón, de fiestas decadentes, cotilleos y glamour; un mundo que Gatsby cree que atraerá a su amada Daisy a su lado. Es evidente que Daisy y Gatsby estuvieron una vez enamorados. Allá por 1917, mientras él se preparaba para ser agente de policía, se conocieron en Lousville. Al contrario que él, Daisy procede de la clase alta, una clase que hace su dinero al modo tradicional. Es precisamente esta disparidad de clase lo que, finalmente, llevará a Daisy a traicionar a Gatsby y su sueño y a perpetuar su infeliz matrimonio con su censurable pero muy acomodado marido, Tom Buchanan. La
muerte preside esta historia de amor; la muerte y la decadencia son aludidas a lo largo de toda la novela, que culmina con el asesinato de nuestro héroe. Fitzgerald recurre al tiempo meteorológico para transmitir el estado de ánimo que impregna cada momento de la novela: cuando Gatsby y Daisy se encuentran por primera vez desde su último encuentro en 1917, está lloviendo a cántaros; el día en que su relación termina, sin embargo, es el día más caluroso del verano. El deterioro moral de esta sociedad es descrito por medio de la lúgubre metáfora de El Valle de las Cenizas; entre Long Island y Nueva York, representa el páramo moral en que la moderna América se ha convertido. El lenguaje de Fitzgerald está enlazado no sólo con metáforas de muerte sino con la muerte misma, una muerte accidentalmente trágica que recuerda al lector que este optimista deseo de amor de Gatsby nunca llegará a realizarse. Más allá de la trama y el desenmarañamiento de una pasión que se prolonga en el tiempo, el lenguaje de esta novela llegará a conmoverte. Algunas de sus frases aún resonarán en tus oídos muchos años después de que hayas cerrado el libro.