Juan Nuño plantea en su libro, que de no resultarnos turbadora la tarea de pensar la “filosofía” de Borges, muy fácil
se sucumbe en la bobería de leer sus cuentos, poemas o ensayos como la ilustración (cuando no como la vulgarización) de esta o aquella tesis filosófica, vértigo que nos deja con algunos restos empobrecidos de Platón o Schopenhauer más o menos coloreados, y nos esconde lo que Borges es: uno de los saltos mortales de la cultura moderna.
Recoger la filosofía de Borges, tarea peligrosa entonces, pero también necesaria: recientemente, pocos como él se han dado cuenta que la literatura es otra cosa que “vanidad palabrera”, que pasiones y pensamientos son sus materiales, a veces tal vez ocultos, pero en cualquier caso, básicos.
El autor comienza por apuntar el vínculo decisivo de Borges con Platón: Es un secreto a voces que el pensamiento de Borges se alimenta de una especie de platonismo o aplicación de la gran idea platónica de los dos mundos, el inteligible y el sensible y su decidida oposición, resuelta en favor del primero. Pero no es sólo el tema lo que los hermana; también la expresión de la obra de Platón es, a la vez, literaria y sistemática, deliberadamente fragmentaria.
Así, encontramos en Borges una imaginería personalísima y, a la vez, tradicionalmente platónica: el mundo como laberinto de
apariencias, los espejos y la cópula son abominables porque multiplican las apariencias, el yo, la identidad personal, otra de las
tantas máscaras... Indica Nuño: Jorge Luis Borges es un platinista en la caverna: resignado a morar entre la decadencia sensorial, mas que cultivar la añoranza de lo intangible y perfecto, transcurre su existencia literaria entre obsesiones acechantes. Los espejos, por repetidores de lo mucho; el tiempo, por repetidor de lo mismo; la inmortalidad, por indistinguible repetición en el tiempo o, más bien, al margen del tiempo.
Estos fervores conforman la trama, el dibujo secreto pero omnipresente de aventuras que se ubican entre las más decisivas en la historia de la lengua (hasta el punto de que, en un gesto borgeano, no me puedo ya imaginar el castellano sin ellas): Tlon, Uqbar, Orbis Tertius, La Biblioteca de Ba
bel, El jardín de senderos que se
bifurcan, La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga, Avatares de la tortuga,
El otro, Veinticinco de agosto, 1983, Las ruinas circulares. . . Al respecto, me parece uno de los mayores aciertos de Nuño el hecho
de que no procure reconstruir la “filosofía” de Borges exclusivamente a partir de sus ensayos –y mucho menos de sus declaraciones periodísticas- sino leyendo los centros mismos de su obra, sus
ficciones, no importándole que éstas constituyan poemas, relatos o ensayos. (No obstante, tiendo a discrepar con Nuño cuando éste piensa que las preocupaciones filosóficas no impregnan toda la obra de Borges y que habría relatos poco
menos que inmunes a estas preocupaciones, por “decididamente localistas” como Hombre de la esquina rosada o “completamente fantásticos” como
EI Zahir: como
si cada uno de los textos borgeanos no fuese una pieza, a veces tal vez menor pero siempre imprescindible, de ese rompecabezas singular que llamamos “El hacedor”,
que llamamos “Historia de la noche”, que llamamos “Límites”, que llamamos “Los conjurados”, que llamamos “Jorge Luis Borges”).
Una ruta de exploración borgeana descubre, pues, al territorio platónico. No es el único territorio borgeano, sin embargo: en Borges -¿y también en Platón?- hallamos tantos territorios platónicos como ásperamente antiplatónicos, y esto Nuño lo percibe con peculiar lucidez. Entre los territorios antiplatónicos, en primer lugar, nos topamos con lo
que Nuño con acierto llama “la inversión del método de Plotino”: La inversión llevada a cabo no ha podido ser más insolente: no son los eternos Arquetipos, comenzando
por la poderosa Unidad, los que en sucesivas emanaciones crean todo, sino que es el hombre, una de las ínfimas emanaciones materiales, quien crea la eternidad a fuerza de
suspirar imposibles o idealizar recuerdos. Así, el gigantesco dúo Platón- Plotino es derrocado por la pareja indivualizante y relativizadota Protágoras-Borges: por ser la medida de todas las cosas, el hombre también lo es de la imagen congelada de todas las cosas a la que llama “eternidad” .
En esta primera forma de antiplatonismo borgeano las apariencias dejan de ser la ilusión óptica o el efecto contingente de una
realidad sustantiva; más bien, en las sucesivas apariencias se va constituyendo la única realidad: esta es, tal vez, una posible manera
de leer, entre otros relatos, Las
ruinas circulares. En segundo lugar, descubrimos
en Borges una segunda forma de antiplatonismo en lo que puede denominarse “el reconocimiento de los golpes de esa intrusa, la realidad sensible”, esto es, la aceptación
de ese fragmento de historia natural que
también somos, o si se prefiere, la aceptación del animal que habita en nosotros. Releamos una vez más el final de la
Nueva refutación del tiempo:
And yet, and yet.. . Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el orden astronómico, son desesperaciones aparentes y consuelos secretos... El tiempo es la sustancia de
que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges. Con justeza Nuño comenta que Difícilmente va a encontrarse más patética confesión de fracaso.