La autora nos conduce, a través de un uso magistral del idioma, a conocer a dos sobrevivientes de luchas pasadas. Sobrevientes
que hoy están en el más absoluto abandono social. El texto va entregando detalles de sus vidas, unidas por la lucha partidaria. Hoy son un par de cuerpos dolidos y solitarios. Ella se vislumbra en mejores condiciones físicas que él, pero ya ambos no quieren estar juntos, pero a pesar de ello, siguen juntos, unidos por una cama, en la cual apenas caben esos dos cuerpos. La atmósfera de la narración oprime al
lector, siente el dolor, la soledad de ellos dos. Él ya no sale, camina desde la cama hasta el baño. Sus piernas están dañadas. Ella, una vez a la semana va a asear a una anciana postrada. Vidas miserables que, incluso tuvieron un hijo, el cual murió. No sabemos si el hijo realmente existió o se trata de la revolución que murió para ellos. Cuando jóvenes quisieron cambiar el mundo y hoy son despojos inútiles y solitarios. Seres
humanos que no tienen futuro y tampoco tienen ya presente. Tampoco nos queda claro si realmente viven esa miserable vida o simplemente están muertos. Es un libro que duele y que nos hace reflexionar. En la ambigüedad de la novela radica su fuerza, nada es totalmente verdad, nada es mentira totalmente. Pero el lector, a medida que va leyendo, va dolorosamente reencantándose con la novela. La autora siempre ha escrito sobre la marginalidad y con su absoluto dominio del idioma encanta a quienes les interese esta temática. La novela transcurre prácticamente dentro de una habitación, en la cual la cama es un elemento principal para demostrar el encierro, la soledad y la precariedad de estos dos seres humanos que sobreviven día a día, sin esperanza, sin presente, sin futuro. Ahí están ambos en sus propias soledades, con sus propias reflexiones. Es un vivir por estar vivo solamente. Se trata de una novela que cala hondo en el alma del lector.