Anna Blume cuenta en primera persona lo que ha sido su vida en una ciudad sin nombre a la que llegó en busca de su hermano
desaparecido, una ciudad en la que la
humanidad parece a punto de tocar fondo pero que, sin embargo, no hace más que caer cada día un poco más abajo: hombres y mujeres vagan entre los escombros buscando comida o el resto de algún objeto que se pueda utilizar o vender, los muertos permanecen en la calle hasta que son recogidos por los empleados gubernamentales, extrañas sectas y organizaciones han surgido en busca de la muerte, hace ya tiempo que no se ve un niño en sus calles,…; nadie tiene nada, sólo hambre, y esto convierte a los hombres en animales desesperados. Anna nos cuenta así como la suerte o la mala suerte la llevan a conocer a algunas personas buenas que la ayudan, a verlas morir más tarde, a perder su casa y ser expulsada a la calle, a enamorarse o a tirarse por una ventana intentando salvarse. Paul Auster, con su buen hacer, nos sumerge en un lugar lleno de vagabundos, de fantasmas, y nos describe el fin de la humanidad demostrando un excelente conocimiento de la naturaleza humana. El libro se lee de un tirón, sorprende, asusta y no puede dejar indiferente a nadie.