¿Podemos cambiar el mundo? Por primera vez en la narrativa europea, un
personaje ficticio se revela
contra su posición, transforma aquello que le rodea y a la vez es cambiado por él.
Una de las obras cumbres de la historia de la literatura universal.
En 1505, en una obra monumental y nunca antes concebida, Cervantes aportó con Don Quijote
el primer gran personaje moderno. Abrumado por lecturas que, a modo de borbardeo televisivo, acaban por enajenar su razón, el hidalgo se lanza al mundo a labrar su propia fama.
La disconformidad con una realidad que le disgusta hace a Don Quijote capaz de crear un mundo nuevo, donde
realidad y ficción se entremezclan para ser presentadas de modo que aparenten la locura del protagonista, cuando en realidad lo que se nos muestra es la capacidad de hacer posible lo soñado.
Nunca la línea entre la locura y la genialidad han estado tan cerca como en los actos del ingenioso hidalgo.
El personaje supera a la acción. Hasta entonces, guerreros, amantes, bardos, héroes y dragones eran lanzados a las páginas en blanco para seguir cronológicamente un camino plano, donde se limitaban a desarrollar la acción para la que eran demandados. Cervantes crea
personajes complejos, que evolucionan, y no simplemente plantados en la historia. Pasan de un estado a otro, y no son los mismos al acabar la novela que cuando empezaron. Son reales, con miedos y debilidades, pero capaces de encontrar en el detalle más nimio la esperanza para continuar su aventura.
Quijote y Sancho caminan por un mundo complejo que no comprenden, que les supera. Es por ello que inventa esa realidad paralela, donde todo tiene más sentido para él y, evidentemente, menos para el resto. No solo reproduce la realidad, sino que tiende a sustituirla.
Y todo ello con un
humor absolutamente impredecible, irónico al mismo tiempo que dotado de los absurdos necesarios para encajar en la hisotria de la manera más precisa, dotando al conjunto de una gran unidad narrativa.