Es quizás uno de los libros dónde se hace más patente la
soledad del ser humano y su lucha diaria por la subsistencia.
Son sólo tres los elementos que componen el libro: un viejo con su caña de pescar, un enorme pez y un barca vieja y destartalada.
El libro
comienza con la salida al mar del viejo pescador. LLeva años viviendo de esa labor: la pesca. Es un hombre
anciano, astuto, experimentado, superviviente a miles de batallas en la mar.
Un viejo que respeta profundamente la mar, como sólo son capaces de respetarla aquéllos que conocen su fuerza. Cada arruga de su cara refleja la lucha diaria y titánica por arrancar de sus entrañas su sustento: los peces.
Ese día nuestro anciano protagonista, movido en su barca por unas leves olas, nota cómo el sedal se le tensa: un pez ha mordido el anzuelo. Y ahí comienza la lucha. El anciano comienza a realizar todas las maniobras que su experimentada mente le van marcando: ceder sedal, tirar muy suave de la caña, acompañar con sus manos el movimiento del pez...
El tiempo pasa y el pez no se deja atrapar. Es entonces cuando el anciano se da cuenta que se enfrenta a un ser muy parecido a él. El pez y el anciano se parecen. Los dos son sabios, astutos, duros, fuertes y cada uno tiene un potente objetivo. El anciano poder comer... el pez ... salvar su vida.
Toda la obra nos recrea los pensamientos del anciano en su lucha por capturar el pez. El respeto que siente ante el noble animal que lucha desesperadamente por su libertad.
El libro es un canto a la libertad, la lucha, el pundonor y la soledad. Nos recuerda que nadie puede vivir la vida del otro y que tanto a la vida como a la muerte ... siempre nos enfrentamos solos.