El telegrama le avisaba que su
madre había muerto, sin precisar qué día. Hacía tres años que ella vivía en un asilo de ancianos.
La noticia obligaba a Mersault a ir al velatorio y al entierro. Durante el viaje, pensó que había pasado un año desde la última vez que la había visitado.
No quiso ver a la muerta. Compartió el velatorio con los demás pensionistas del asilo, los cuerpos deformados por los años, los rostros arrugados que retenían las lágrimas. La noche transcurrió lenta. Excepto por algunas palabras que intercambió con el portero, permaneció en silencio, por momentos durmiendo sentado y el resto fumando y escuchando los ruidos.
Por la mañana, la caravana emprendió el camino al cementerio. El paisaje no le agradaba. El sol y el brillo del cielo lo acosaban. Algunos de los acompañantes del cortejo hacían comentarios, pero no le llegaban las palabras, ni tenía deseos de escuchar.
En su mundo privado, cerrado e íntimo de registros todo era observable, fuera de él, sin tocarlo, sin concernirle.
Sólo la luz y el fuego del sol parecían llegarle y traspasar su mundo, y la sangre le golpeaba en las sienes.
El cajón, con su
madre adentro, fue cubierto y tapado con la tierra roja.
Ya quería regresar a Argel.
Al día siguiente, sábado, fue al balneario. Allí estaba María. Buscarse sin esfuerzo, gustarse al sol, dormir.
Desde que vivía solo, apenas necesitaba una habitación. Asomado a la ventana, vio pasar el domingo y a los paseantes. Vio encenderse las luces y vaciarse las calles. Su madre había muerto pero nada había cambiado, la oficina, el trabajo, el patrón.
Sus vecinos, un viejo que llorisquea por su perro sarnoso perdido y Raimundo, que tiene problemas con los árabes, pasan al costado de su
vida. Mersault los escucha. Ser amigo, o no, le era indiferente. Un tema de otros, no quería ser parte.
María le gustaba. No sabía si la amaba aunque podría casarse con ella.
No tenía ambiciones. Su vida estaba bien.
Un domingo distinto, Mersault, María y Raimundo fueron a la casa de un amigo en la playa. Almuerzo, vino y sol. Al mediodía, los tres hombres salen a caminar bajo ese sol que logra penetrar en Mersault, la luz brillante que no soporta. Aparecen los árabes que persiguen a Raimundo. Pelean, Raimundo es acuchillado y regresan. Las mujeres lloran y preguntan. Raimundo sale nuevamente a buscar… ¿a los árabes?, lleva un revolver. Sin saber por qué Mersault lo sigue. Otra vez frente a los árabes, Mersault disuade a su vecino de disparar, le pide el arma y se van. Pero el sol, siempre el sol, otra vez golpeándole la cabeza. No quiere preguntas ni llantos. Se queda el la playa y retoma el mismo camino. La roca en la que estaban los árabes parecía fresca… Uno de ellos esta allí, al reparo, descansando. Se mueve inquieto y se miran. La luz y el sol eran los mismos del día del entierro, le aprietan las venas. Un movimiento rápido para cubrirse del sol hace que el árabe le muestre el cuchillo. En el acero, la luz se refleja transformándose en una larga hoja que penetra en los ojos de Mersaullt. Sintió encima el fuego y algo que se quebraba…Con el revolver en su mano y sin tener una razón, dispara. Y luego cuatro veces más. Cuatro golpes que cambiarían su vida.
Es arrestado, identificado, interrogado y procesado. Observa al juez como un personaje simpático. Se niega a contratar un abogado, pero le parece bien que elijan uno por él. Todos quieren saber qué hay dentro suyo… ¿había llorado el día del entierro de su madre? Mersault trata de que entiendan que estaba tan cansado y agobiado por el sol, el calor y la luz... En algún momento, siempre se desea la muerte de quienes se ama. No encuentran las respuestas que buscan… ¿Qué sintió? ¿Quiso matar? Y otra vez, ¿quería a su madre?... ¿Por qué cuatro tiros más? Le muestran crucifijos,… ¿cree en Dios? Mersault nunca se lo había preguntado.
Los pensamientos de libertad, el recuerdo del mar, pronto se fueron y se contentó con los paseos por el patio. Una sola vez lo visitó María; no supo decirle que estaba hermosa. “Siempre uno se acostumbra a todo”, le decía su mamá. Hizo de la cárcel su casa. Desde una ventanita podía ver el mar. Su celda era tranquila y oscura.
Aprendió a recordar para hacer pasar el tiempo. Las cosas, los muebles, los colores, cada detalle, cada milímetro. Con vivir sólo un día, se podía pasar el resto de la vida encerrado y recordando. Los días dejaron de tener nombres, sólo ayer y mañana. Los meses pasaban como un solo día repetido incesantemente.
Llegó el verano y también el juicio. Todos querían verlo, tenían curiosidad. Mersault se sentía ajeno y, sólo a veces, recordaba que él era el criminal. Otra vez las preguntas, ¿Quiso matar al árabe? “No”. ¿Y por qué volvió al lugar? “Por el azar”.
Nadie parecía entender que las cosas pueden suceder por casualidad.
Un ser insensible, sin alma ni principios morales. Debía morir.
Uno debe morir alguna vez, no importa cómo ni cuándo. Pero él ya tenía la certeza de su muerte. Ahora sólo esperaba. No era posible salir del engranaje, ni evitar lo inevitable. Todos serían algún día condenados. El mundo le era indiferente. Estaba vacío de esperanza. Había sido feliz.