Zoé Valdés. La nada cotidiana.
Salamandra, España, 2002, 185 págs.
Patria, la protagonista de la novela, jefa
de redacción de una revista de literatura que no se publica por carencias materiales, hija de una mujer que va perdiendo poco a poco sus lazos con la realidad y de un hombre comprometido con la causa revolucionaria de la isla de Cuba, ve la luz el día dos de mayo, después que su madre asiste a un discurso de Fidel en el “Día Mundial de los Trabajadores” donde el mismísimo Che cubre su barriga con la bandera de la isla. Por causa del amor, Patria, así llamada por su padre en compensación por no haber nacido ese primero de mayo, cambia su nombre por el de Yocandra, en honor a los versos escritos por El Traidor, un escritor y diplomático frustrado con quien se casa, que huelga decir es uno de los hombres que marcarán su vida al igual que El Nihilista,
personajes disímiles entre sí, hombres que son un reflejo de la identidad masculina que a Patria, a Yocandra, le han tocado por suerte y que se entiende también son un reflejo de la personalidad de su país, así como los demás personajes: Gusana, una amiga que se casa con un español para
escapar “legalmente” de la isla o El Lince, un pintor de éxito internacional que se hace balsero para escapar a Miami.
El desenlace de la novela ocurre en una atmósfera de crudeza erótica y de hastío donde se conocen El Traidor y El Nihilista para jugar una partida de ajedrez con un onírico resultado, al igual que el comienzo de esta novela que nos lleva por los laberintos de la carencia, la necesidad, el amor y desamor, el deseo de ser más que un número en una isla en que se trató de forjar el paraíso, pero la que inevitablemente devino infierno.