Pasos Largos; el último Bandolero, prólogo de Ricardo Mena
Según la máxima del egregio filósofo Baruch Spinoza, las opiniones que Pedro da sobre Pablo, nos informan menos sobre Pablo, que sobre el propio Pedro que las pronuncia, lo cual es del todo punto cierto, pues las cosas que nos rodean nunca son lo que son en sí mismas, sino que son lo que son a través de los atributos y cualidades que decimos que estas poseen y despliegan; decir que el mar es azul o gris, cuna de los seres vivos o tumba de los marineros, expresa con más acierto nuestra alegría o tristeza interior que la cualidad verdadera y esencial del mar. El secreto, en consecuencia, más importante que debe ser revelado al lector al comenzar a recorrer estas páginas de vino y sangre, puede ser resumido así: que al lector no se le ofrece una vida rebosante de ficción y sangre de un bandolero que tuvo una trágica vida de novela, sino una novela que nos enseña cómo lucha su autor por aceptar esta sangrienta y natural vida que nos rodea. El arte humano podrá ser cómico, lírico, o trágico, pero ante todo siempre será filosófico, porque toda obra de arte nos muestra de qué modo concibe el creador su existencia. La filosofía que late en Pasos Largos puede ser descrita como naturalista, en el sentido de que el verdadero protagonista de la novela no es un bandolero que se enfrenta a una sociedad injusta, sino la misma naturaleza hostil, injusta, e implacable.
En cuanto el lector haya atisbado esta filosofía naturalista descrita, en donde el ser humano es representado como una fuerza sometida y zarandeada por el azar de los elementos, comprobará que en el existencialismo con que Salvador Moreno Valencia ve a sus personajes y a su mundo, no hay desilusión ni melodramas, sino fuerza, pasión, y tragedia. “No soy escritor,” nos dice el cronista Arturo Montes, “pero escribo”. También podría habernos dicho: “No soy filósofo, pero tengo mi propia filosofía de vida.”
Esa aspiración humana que busca conseguir esa libertad individual que impulsa todos sus actos, es tanto más trágica y artística cuanto más irracional sea; en el caso de Pasos Largos, el último bandolero, como en el caso de Otelo o Aquiles, la tragedia se cierne sobre las fuerzas de la naturaleza que nunca serán subyugadas por ninguna moral que no sea la de su propia fuerza. Ésta filosofía naturalista en la que el autor se apoya para narrar con aparente objetividad los hechos que nos muestra, le sirve a su vez para, una vez acabada la brutal tragedia, aparecer en escena y entonar con un lirismo lucreciano: “Canto a la aurora, al alba, a los ojos y a los pasos/Del tiempo que todo lo dora (...).”