El cuento Diciembre, del escritor venezolano Adriano González León, tiene como hilo conductor el paralelismo entre dos diciembres.
Se trata de un escrito que nos habla de dos épocas decembrinas, diferenciadas principalmente por el distanciamiento temporal entre ambas, cosa que en efecto se nota en los enunciados cuando al referirse a uno u otro diciembre en el texto se pueden hallar plenamente diferenciados: el primer diciembre marcado fundamentalmente por una narración en pretérito, mientras que el segundo diciembre van acompañado de verbos en presente. Se trata pues de la reflexión de un hombre que halla en su corazón y sus recuerdos al diciembre del pasado, de la memoria, y al que contrapone otro diciembre posterior o actual. Según la visión primera del narrador, el diciembre de la memoria, que es como hemos dado en llamar al primero de la dupla, produce una sensación de
nostalgia al ser comparado con su contrapartida temporal. Y no ha de extrañarnos que para la voz que enuncia en el diciembre de la memoria esté una suerte de sensación de sosiego y de felicidad propias de aquella época ida. Marcas textuales del tipo “una visión dulce del viento” y “se nos abrió el corazón” expresan el agrado y la vivencia solaz de ese diciembre que en algún momento nuestro narrador llamará diciembre interior. Para él ese diciembre de sus recuerdos está lleno de sensaciones límpidas y percepciones puras del ambiente a través de los sentidos: el olor de los cerros, el sabor del vino en casa de los tíos, las flores largas y de color amarillo y el sonido de las campanas. Incluso podríamos considerarlo un diciembre inocente y propio de la infancia, cargado de un positivismo y enriquecimiento al decir que era un tiempo de lecturas, marcado también por la presencia de las manos de la madre. Y como el tiempo de la infancia es, por antonomasia, el tiempo de la
esperanza, entonces podríamos afirmar que ese diciembre de la memoria es también un diciembre de la esperanza. Luego, a este diciembre interior, de la memoria y lleno de esperanza, sobreviene en la vivencia contada por la voz que enuncia un diciembre modificado, lleno de objetos y costumbres mezcladas. El pino y el pesebre se funden en una misma “tradición”, estableciendo una especie de diálogo en el que modifican sus luces y cambian de lugar. Este nuevo diciembre es un diciembre donde las marcas ya no son la pureza y limpidez de los espacios sino su sobre- ocupación, la sobrepoblación de elementos y la incapacidad para distinguir unas cosas de otras por medio de los sentidos. Se trata en su totalidad de un diciembre cuya característica distintiva es la confusión. Confusión de espacios, de sensaciones y de costumbres. Se trata entonces, según la visión del narrador, de un estado de confusión en el cual el sentimiento que prevalece es la nostalgia por el diciembre de la memoria, aquél diciembre inocente y puro que ahora está perdido. Sin embargo, el narrador nos hablará más delante de lo que a su parecer es el epicentro de la época decembrina y de las festividades propias de ese mes: la natividad. El nacimiento de Dios, el verbo hecho carne. Aquí la explicación de este suceso sirve como forma introductoria para que el narrador ponga sobre el tapete la doble aceptación que él mismo llevará a cabo. En primer lugar, vemos la aceptación de las nuevas formas de celebración confusas de diciembre, conjuntamente con la pervivencia de lo que en este periodo es primordial: el nacimiento de Dios. En el enunciado “Diciembre reúne todo eso y mucho más” se deja entrever la idea de aceptación del ese nuevo diciembre donde todo lo antiguo y lo moderno están juntos y entremezclados. Mientras por otro lado, no hay negación alguna de la nostalgia ni paliativo ninguno por el dolor de los recuerdos. Y a pesar de ello, ocurre de igual manera que en el exterior, los dos diciembres se concilian internamente, y el narrador queda conservando dentro de sí dos emociones positivas. Se trata de la nostalgia del diciembre perdido solazada en la esperanza de que lo esencial de aquel diciembre “interior” aún exista en el fondo del diciembre nuevo y confuso. Entonces, el recuerdo adquiere un cariz distinto y termina por alimentar la esperanza. Es un cuento que vale ser leído con cierta óptica, una óptica que nos permita reflexionar acerca de nuestras propias maneras de ver las festividades decembrinas y sobre todo el hecho de la natividad.