Considero al relato de Ray Bradbury “Los hombres de la tierra”, contenido en el libro “Crónicas Marcianas” uno de sus mejores
cuentos por diversas razones. En primer lugar puedo argumentar la capacidad de este breve relato para inducir la convención con el lector, la complicidad que permite, al menos durante la lectura, creer que sucesos como el amartizaje de un cohete terrestre pueda llevarse a cabo con tal
naturalidad, creer igualmente que los habitantes de Marte, habiendo convenido ya que existen, puedan vivir y tener una civilización tan igual y tan disímil a la terrestre, todo a un mismo tiempo. Tal vez el que un cuento de ciencia- ficción logre capturarnos dentro de su nuevo y extraño mundo radique en la naturalidad de la narración. La naturalidad es la principal fuente de verosimilitud y de fascinación de “Los hombres de la tierra” y en general de todas las “Crónicas Marcianas”. Los hechos son contados en una línea compacta en la que el narrador nos muestra un mundo de realidad poco posible, como un mundo realmente posible, indolente y sin capacidad de sorpresa, casi como el nuestro.
Por otra parte, la visión narrativa, cuyo carácter es eminentemente afectivo conlleva una fuerte protesta o una denuncia, o quizá simplemente la muestra de una realidad que salta fuera del relato mismo y se inserta en nuestra vida de cada día: la imposibilidad de todos para escuchar a los demás, la indolencia, el descreimiento, el gran inodoro de la modernidad que se mantiene activo y que se lleva dentro a todo hombre con
posibilidad de lograr algo poco posible. Podríamos extraer de esto una afirmación que lo resuma: los grandes hombres siempre han sido tomados por locos y sus obras por falsedades; o mejor aún: no hay que creer en nada ni en nadie. La posibilidad de algo distinto es una locura, y mísero aquél que pregona tal posibilidad. La visión narrativa aunada a una exposición impecable de los hechos, una sucesión coherente y fácil de comprender en el acontecer narrativo impulsa invariablemente una identificación inmediata con esa visión afectiva que subyace en todo el relato. Y el final del cuento no puede ser menos contundente, las grandes hazañas, las grandes obras terminan siendo adoptadas como chatarra por una sociedad poco crédula, por una sociedad que carece de la capacidad, o la disposición, para comprender aquello que desconoce. Es una hermosa manera de acercársenos y acercarnos nuestra realidad la de Bradbury al distanciarnos en la ficción unos “noventa millones de kilómetros”.