Lúgubre y desolador parecía ser el aspecto que desde los acantilados Helseggen en Lofoden, Noruega; el observador que aterrado
contemplaba “la mar” embravecida en el éxtasis y el mugir del sonido que hela y paraliza la sangre ante el anuncio del guía al referir del Maelström como el retumbar de miles de calderas al unísono. Este fenómeno cambiaría la vida de quien tres años antes era aún
joven y refería al visitante asustado de la majestuosidad del fenómeno capaz de devorar en su vórtice a embarcación, árboles y animales por enormes que fueran. El guía de este relato osaría retarlo, junto a un grupo que salían de pesca, pero la muerte y la juventud perdida resultarían de la afrenta al gran Moskoe-ström.
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