¡Ya verán quien soy yo!, refería
el hijo de Holofernes; < porque mi capacidad imaginativa es tan grande, que puedo verlo allí
en
el mismo lugar refulgir como antaño en sus andanzas y hundirse cuantas veces en
la travesía quedada al descubierto por el farol perenne>. Aunque lo golpearan y tomaran como loco, pues la mismisima madre moriría en la ignorancia de creerlo el vicho raro del pueblo, hasta que arrastrando con la lucecita imperceptible la "enorme ballena de amianto" dejaba boquiabiertas las fauces de aquellas incrédulas que no atinaban en descubrir el secreto que residía en las boyas salvadoras que iluminadas de tal manera le darían la paz encontrada solo en el fondo del océano, como quien tiene una pena y logra encontrarla en los amores furtivos o en el fondo del abismo del alcohol.