El donaire de la desgracia que emanaba del venido a menos presidente en desuso (víctima de la codicia que enferma, más no
mata), seducirían al vulgar chofer de ambulancias, Homero Rey, y a su esposa Lázara, el primero metido a fondo en el tráfico de pacientes moribundos, y la segunda, criada en la desconfianza de no creer lo que veían sus ojos: Que el presidente dueño y señor de una gran fortuna en la Martinica, residiera en un hotelucho de mala muerte y matara el hambre de paso en los restaurantes más paupérrimos de la Suiza de la post-guerra. Esa imagen la disiparía la urgencia de una operación que dejaba al exmandatario en la ruina al tener que desprenderse de los últimos recuerdos de sus viejas glorias, pero con la esperanza cimentada en la ilusión de volver al poder que una vez poseyó.