Desvergonzado, con un estilo que rompe todos los esquemas, Sartré irrumpe en nuestro desesperanzado mundo para encarnar al
homo epitetus, un pseudo hombre que busca adherirse al más clásico ideal del
existencialismo con una obra donde subyace una mente donde no existen límites a la moral, donde se cobija un alma yerta, fallida, que niega la profundidad de la vida y entrega licenciosamente a una vida plagada de errores, abanderando un homosexualismo enfermizo, rayano en lo más absurdo, falto de contundencia, y solamente motivado por una ignorancia míope. Sartré interpreta a una generación de posguerra inmersa en un caos in sentido.
En La
infancia de un jefe, el personaje se envuelve en una situación donde permea la inmoralidad, avasallada por una crisis de valores que no reconoce límites a su banalidad y se enfrasca en una visión reduccionista de la vida, donde al final de cuentas, surge el jefe de una empresa en un mundo en el que compite sólo teniendo como agenda de prioridades su suerte, suerte que no desea y que si le sirve para emanciparse como el patrón en un mundo que no entiende. Esta obra es una crítica a la sociedad adinerada que recibe favores como una herencia cultural, que no es necesariamente por sus virtudes, si no que atañe más bien a sus concupiscencias.