El teniente Pirogov conocería en carne propia lo que su audacia como buen conocedor en materia de
mujeres, las consecuencias
al poner en práctica las tácticas de picaflor contumaz; aunque no correría con la misma suerte de su amigo pintor, soñador empedernido y ahogado en la miseria de sus sueños, Pirogov sería presa de un castigo por parte
del esposo de la “rubita” que le haría cambiar para siempre el concepto de “La
avenida del Nevá”, y es como si al
final el propio Pirogov reflexionara a través del narrador y convirtiéndose en el mismo, echara pestes del sitio que al principio osara anhelar y defender como lo mejor de todos los bienes del mundo, camino por el cual pasarían las mujeres más esbeltas y con sus atuendos: esclavinas, echarpes y toda suerte de vestidos que harían perder la cabeza de todo el que pasara… Hay que recordar que estos dos buenos amigos se encontrarían en la avenida en cuestión, al
contemplar dos hermosas joyas que serían el motivo de su infortunio y cambio de destino definitivo.
Piskariov, al no poder controlar la influencia demoledora de su pretendida, joven de apenas 17 años e iniciada recién en la mala vida, encontraría su destino final de la peor manera…
En el caso de del teniente…, bueno; cuando aquellos tres hombres entraron borrachos a la casa de Schiller, el esposo de la “rubita”, encantadora, pero tarada, era colmada de besos por nuestro audaz oficial; no quisiera imaginar el castigo, pues lo pusieron como Dios lo trajo al mundo, y al día siguiente Schiller se arrepentía de lo que en su vida había hecho; por el contrario, a nuestro querido amigo la calentura se le pasaría luego de dar un paseo por la famosa avenida de San Petesburgo y al ritmo de la Mazurca contemplar
con agrado el baile, no solo de las mujeres, sino de los hombres también.
Lo cierto del caso es que la reflexión final da para qué pensar: Verdaderamente “La avenida del Nevá” cambia destinos y gustos en el placer…
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