Es un día espléndido. Voy paseando por la playa, cerca del agua. No se ve a nadie, es un momento perfecto para disfrutar
del sonido de las olas, del sabor del mar. Voy distraído, feliz. De repente mi pie izquierdo se pierde bajo la arena.
Intento compensarlo con el pie derecho pero también desaparece. ¿Qué ocurre? Me estoy hundiendo ¡en la playa! Todo sucede muy despacio. Intento sacar los pies a la superficie y resulta imposible, la arena es pastosa, el esfuerzo es sobrehumano, es como si se hubiera cristalizado en una masa dura, soy incapaz de romperla. Me voy hundiendo lentamente, la arena llega hasta las rodillas. ¡Dios mío! ¿Cómo es posible que me pueda estar ocurriendo esto? Me asusto mucho y empiezo a gritar ¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude! Mis
piernas siguen cayendo….
Me despierto en la cama de un hospital. Recuerdo vivamente el episodio de la playa. Obviamente ha sido un mal sueño. Giro la cabeza a mi izquierda y observo a mi madre dormida, sentada en una silla. Cuando me intento incorporar, siento un dolor agudo en las piernas. Intento bajarme de la cama, pero no me las piernas no me responden. ¡Mamá, despierta! ¡Mamá….! Intento tocar mis piernas y a la altura de los muslos encuentro dos muñones.
Recupero la conciencia en la playa. Estoy hundido hasta la cintura. El hospital se difumina en mi memoria…… el sol está quemando mi piel y me está tragando la arena....