Crescenz, campesina tirolesa, hosca, áspera, que a duras penas pensaba y comprendía con pasmosa lentitud, no hablaba nunca
con nadie, nunca sonreía.Sirvienta desde niña, su única alegría la constituía el dinero que acumulaba tenazmente. Por obra de una intermediaria, entra al servicio en la casa del barón de F., joven convertido rápidamente en indolente marido de una baronesa, con la que tenía continuas discusiones. La casualidad propicia un acercamiento entre el barón y Crescenz, siendo esa la primera vez en años que la tosca campesina mantiene una conversación con un ser humano, lo que estimuló sus sentidos amodorrados y provocó una transformación en ella que se manifestó en un odio sordo y profundo hacia la baronesa. Cuando ésta viaja a un sanatorio por recomendación médica, el barón y Crescenz se quedan solos, y poco a poco, ella comienza a ser cómplice voluntaria de las aventuras amorosas del barón, como si fuese ella misma quien las viviese.
Cuando la baronesa vuelve, Crescenz siente que le es
arrebatado su morboso placer de servir.
Tras una discusión con su esposa, el barón se marcha, pero al poco ha de regresar, pues su mujer se ha suicidado.Entonces, el barón empieza a sentir una turbación y horror indescriptibles ante la mera presencia de la sirvienta.Decide irse todo el verano, y , cuando regresa, evita todo
contacto con la criada (a quien una de las amantes del barón llamó Leporella en tono de parodia, aunque a la infeliz Crescenz ese nombre le hacía sentirse especial).
La llegada inesperada de un nuevo criado trastoca el universo de la desgraciada sirvienta, quien, dolida, le pregunta al barón si fue él quien mandó echarla;éste, llevado de un odio repentino, lo confirma. Crescenz levantó la mirada; su expresión era la de un animal herido.Esa noche, el barón encuentra el cofre donde la criada guardaba las nimiedades que él le había regalado junto a todo el dinero ahorrado por ella.
Al día siguiente, la policía da parte del suicidio de una mujer de unos cuarenta años que se había arrojado al Danubio.