El señor Valdemar era el arquetipo ideal del conejillo de indias voluntario para dar comienzo al experimento que respondería a las tres preguntas que P…, se haría como entrada del relato. Tuberculoso, de aspecto plomizo en el semblante y con signos lacerantes en ambos pulmones era evidente la predicción de los doctores: a medianoche del día después que escribiría la carta a P…, estaba destinado a morir. Hipnotizado y con evidentes cambios inesperados en la cara -con la desaparición de los círculos hécticos en cada mejilla-, y la voz, –áspera, quebrada y hueca-, no siendo la de el, espantaría a los enfermeros ante la aparición ultratumba de quien se expresaba con la lengua únicamente y sin la ayuda de los labio y la quijada caída.
Siete meses de cuidado continuo habrían mantenido a Valdemar en el estado estable de conciencia, cual instrumento médico alterno lo poco que quedaba de vitalidad. Al decidirse P…, a despertarlo, reaparecería aquel silbido maravillosamente nítido y que se escapaba de las manos al finalmente gritar: <¡Muerto!¡Muerto!>, desvaneciéndose en una masa líquida y putrefacta que sorprendería a los presentes.
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