Nuestro Hombre en la DEA, una historia que escrudiña la vida del fotógrafo colombiano Baruch Vega, quien era, nada más y
nada menos,que negociador de casos de narcotraficantes en Norteamérica.
La historia inicia cuando Reyes se pregunta cómo se hace un narcotraficante, y porqué un ser humano acepta enredarse en este mundo adverso y complicado. La decisión no es tan absurda cuando se revisan las cifras que genera el narcotráfico. Estadísticas del portal en internet de la oficina del zar antidrogas de Estados Unidos, revelan que el promedio de ventas de cocaína en ese país entre 1988 y 2000 alcanzó los US$49.200 millones al año.Como si esto fuera poco, a manos de Reyes llegó otra cifra: este rentable negocio le permite a un solo narcotraficante percibir US$70 millones de ingresos mensuales.
Abordar la historia del fotógrafo Baruch Vega y de Los Cíclopes, dos narcos unidos por la falta de un ojo y por la ambición de hacerse millonarios, fue un reto que Reyes asumió con calma. No necesitó novelar esa realidad que se le presentó. Al contrario, que Vega (intermediario de la DEA y del FBI) les hubiera ofrecido al médico Carlos Ramón Zapata y al ingeniero Juan Gabriel Usuga una fórmula de salvación, fue la excusa perfecta para tocar temas tan complejos como la infiltración en la Embajada de Estados Unidos en Colombia por parte de narcos y guerrilleros,o los coqueteos de Carlos Castaño con la DEA.
Esta narración es una de esas pocas oportunidades que los periodistas colombianos tienen para contar la historia subterránea de nuestro país a través de personajes reales, afectados por la contagiosa esquizofrenia de una guerra majadera contra un vicio.