(Viene de “El Manifiesto, o, Anastiana 1”)
… Toda la prevención, casi paranoica, que habían tenido que montar para
cuidarse del acercamiento de otros seres humanos, forjó en la niña una monolítica personalidad, más que independiente, por completo excluyente. Los ciento setenta centímetros más atléticos que yo había conocido, coronados por esa sedosa cabellera ondulada de color castaño muy oscuro, casi negro, que con gracia rodeaba el blanquísimo rostro de exóticas facciones en el que brillaban vivaces los límpidos ojos de color verde muy profundo, emanaban un magnetismo que cautivaba a cuantas personas le conocían y las impulsaba a tratar de acercarse, pero parecía que el aire a su alrededor consistiera en una masa gelatinosa que, sin maltratar, impedía cualquier movimiento a menos de un metro de distancia. Aparte de Dani, algunos miembros muy cercanos del personal de “Victoria de Ló”, los enfermos e incapacitados que gozaban de su atención en la institución de salud que allí funcionaba a sus expensas, y yo, ningún otro mortal había tenido el privilegio de siquiera el contacto físico que significaba un saludo de mano. Dani y yo elucubrábamos acerca de si existiría el ser, hombre o mujer, capaz de atravesar la densa masa. Incluso lo
comentamos con Vica, y la conclusión de los tres fue que si acaso lo había, tendría que ser alguien estructurado con características muy acordes, y que si llegaba a presentarse tendría que ser uno solo y único para el resto de su vida. Evidentemente ese ser era Anastiana.
—Me mata la curiosidad por descifrarla —suspiró Dani.
—Nos mata —agregué yo.
Más tarde, de nuevo reunidos los cuatro compartiendo un refrigerio en el comedor, con Dani
empezamos a conocer a Anastiana y a entender su relación con Vica. Físicamente se veían muy parecidas. Aunque Vica era un año mayor y un par de centímetros menor, se veían de la misma edad y estatura, similares proporciones, el pelo muy oscuro y la piel muy blanca. Hasta las facciones limpias, clásicas y rectilíneas de Anastiana, insinuaban una semejanza con el exotismo de las de Vica. Los contrastes comenzaban de los ojos hacia adentro. Los verde profundo de Vica reflejaban esa personalidad recia y arrolladora pero afable, y los casi negros de Anastiana un carácter pleno de suavidad y ternura matizado con un dejo de misterio. El conjunto de las dos se me antojó como el complemento perfecto entre lo deseable y lo adorable. La integración entre ambas era tan indudable, que nada nos sorprendió cuando nos dijeron que habían decidido vivir juntas, y Anastiana se proponía mudarse al piso de Vica en los próximos días. Dani y yo gozamos tanto verlas moverse, oírlas hablar y reír, saltar entre las maneras decididas y enérgicas de una a las finas y elegantes de la otra, que después comentamos que era como si nos hubiéramos encontrado ante virtuosa ejecución de percusión y violines, concebida y dirigida por el propio Tchaicovsky.
Desde ahí empezamos a ser cuatro en el universo, porque en los siguientes fines de semana comprobamos que Anastiana también conocía no sólo todo lo referente a la existencia de Vica, sino también a la de Dani y la mía, y además nos prodigó un trato de dulzura y honestidad genuinas, a conciencia y sin miedo se mostró transparente y se dejó descifrar, de tal manera que comprendimos por qué había merecido el cupo en el corazón de nuestra valiosa Vica, y con lo cual se adueñó también de nuestros mejores afectos.
Dani y yo empezamos a conocer los secretos de Anastiana tres meses después, cuando hube terminado la escritura de “Operación Ameba y Serpiente”. Ese sábado celebrábamos la conclusión de la novela en el balcón del segundo piso, admirando el atardecer alrededor de unos deliciosos pasabocas y una botella de Vodka.
—Estaba loca porque terminaras rápido ese libro —me dijo Anastiana.
—¿Verdad, por qué, quieres leerlo?
—Por supuesto que quiero, pero para eso no tengo ningún afán. Lo que necesitaba era que te liberaras de la absorción dee