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Síntesis y críticas breves

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La muela y el puente 2

por : corredortiz    

Autor : Gustavo Corredor Ortiz
… fueron los síntomas del terror que casi le paralizaba. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para controlar las náuseas, porque
se imaginaba que, aunque no tenía nada que vomitar, si lo intentaba los sacudones de las arcadas podrían afectar la precaria resistencia de las deshechas lianas. Los pies descalzos resbalaban sobre la musgosa baba de los travesaños podridos, por lo que le tocó continuar avanzando de rodillas, y terminar acostado sobre los travesaños tratando de clavar los dedos en el barro del barranco al que llegó tan agotado, que tuvo que quedarse un rato echado sobre el fango antes de poder moverse.
Hubiera querido descansar más antes de emprender la trepada del abrupto monte que, por primera vez, tendría que afrontar a oscuras porque hasta ese momento cayó en la cuenta de que había dejado la linterna entre el costal de las herramientas, pero el helado aguacero con granizo en que arreció la fría llovizna le obligó a ponerse en marcha. Sólo el rogar al Divino Niño Jesús y a la virgencita de Chiquinquirá para que le acompañaran, le ayudó a soportar la penosa subida por el traicionero risco, hasta la planada del rancho a donde llegó aterido y extenuado soñando con que podría lavarse con agua tibia, recuperarse con una taza de agua de panela muy caliente, y meterse bajo la cobija a dormir abrigado por el calor de la mujer. Pero tanta dicha no fue posible. No más al atravesar la puerta vio que la estufa estaba apagada; no había agua tibia y menos agua de panela caliente. El primer impulso fue ir a la otra habitación y moler a golpes a la inútil, pero el angustioso lamento con que desde allí le llamó ella al oírle entrar, le produjo un escalofrío de pavor porque se le pareció a los que emitiera un compañero de trabajo antes de morir aplastado por el arrume de troncos que se le había venido encima.
Entró apurado a la habitación pero al ver a Graciela tirada en el camastro quedó tieso. La cara era una bola irreconocible. La inflamación deformaba todo el lado izquierdo desde la frente hasta el cuello. El ojo no era más que una arruga de la que supuraba una crema viscosa y amarillenta.
—Ayayay… me muero, me duele mucho, me muero —gemía Graciela mientras con desespero se cogía el oído con una mano y el cuello con la otra.
Lo primero que se le ocurrió fue hacerle un emplasto, pero cuando miró al frasco del clavo de olor lo vio vacío.
—Lléveme, lléveme a que me hagan algo… ay… me muero.
Pero, ¿cómo? Era imposible llevarla a esa hora y con ese aguacero que ya era tempestad. Trató de mirarle entre la boca a ver cómo estaba la muela, pero lo único que logró fue volver a sentir náuseas. La muela no se veía porque estaba cubierta por la masa purpúrea y sanguinolenta en que se había convertido la encía.
—Lléveme al dentista, lléveme… me muero.
Fue por la botella de aguardiente pero no quedaba más que un sorbo. Se lo hizo beber advirtiéndole que hiciera buches antes de pasárselo, y ella obedeció, pero aparte de olvidar por tres segundos el dolor al ser superado por el ardor en la encía, no sintió ningún alivio. Consideró hacerla beber alcohol de reverbero hasta que se durmiera de la borrachera, pero recordó que le habían dicho que ése era el que usaban para adulterar licor, que no se podía tomar porque dejaba ciegas o mataba a las personas que lo consumían, y era cierto; en el pueblo había un ciego y tres muertos que lo atestiguaban. Lo único que pudo hacer para que la pobre esperara a que amainara el temporal y pudieran bajar el risco, fue abrazarla con toda la fuerza y pedirle a la Virgen que le pasara el dolor a él. No supieron cuánto tiempo transcurrió entre ruegos, lamentos, gemidos y llantos, pero a ellos les pareció como un año. Al fin, cuando todavía estaba oscuro, la tormenta cedió y les dejó salir del rancho.
Previendo los riesgos de la bajada entre los filosos peñascos y la pasada del puente, decidió llevar la soga larga para amarrar a Graciela por la cintura y sostenerla en los tramos peligrosos, lo cual le costó grandes esfuerzos porque la desesperada mujer quería andar mucho más rápido de lo que el terreno permitía. Al llegar al puente quiso indicarle las precauciones que debían tener para pasarlo, pero ella no le puso atención y sin pensarlo dos veces inició la travesía casi corriendo. Él no pudo hacer más que enredarse el lazo en una mano y mirar a su alrededor buscando de qué agarrarse con la otra para poder sostenerla si caía, pero no tuvo tiempo de hacerlo porque cuando apenas ella había recorrido los primeros pasos, una de las lianas de abajo se reventó. El tirón que ocasionó el peso de Graciela al caer al vacío fue superior a sus disminuidas fuerzas, y no pudo evitar el ser arrastrado por ella al abismo. Como la mujer iba cayendo antes que él, lo último que pensó fue en mirar muy bien el agua cuando llegara para ver si se producía alguna salpicadura, pero como estaba tan oscuro no lo pudo saber.
 
Publicado el: enero 31, 2008
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