Las presentaciones
La historia comienza un jueves, como todas las cosas cuya felicidad depende de ser el centro de atención. Es un jueves cualquiera, mitad de semana, en la mitad del mundo, en la mitad de un país, España...
En una ciudad, la mía, la castiza, Madrí...(Ahórrame la última consonante ya que aquí brilla por su ausencia en la pronunciación callejera), (Permíteme este inocente atisbo de chulería...es lo único que aún no se ha borrado de mi mnemónico argot).
Entremos en el arca de cuatro paredes, cuyo espacio invisible se ha llenado de sueños, imposibles como todos los sueños hasta que la ansiada metamórfosis los transforme en realidades.
Acompáñame en la contemplación de su agreste mobiliario. Tímidas luces que asoman desde las esquinas del techo; altas estanterías que sostienen bártulos y enseres personales y personalizados; botellas en cuya transparencia se encierra el contenido embriagador, que es al hombre como la gasolina es al coche, alimento de ánimo e impulso; paredes forradas de fotografías rupestres de un Hollywood olvidado y añorado hasta por aquellos europeos y europeístas que se mofan de un americanismo aparentemente en desuso; una araña de luz y color que cuelga del techo y amenaza con devolvernos al pasado; y desmullidos y enanos sillones que acosan en círculo a mesitas redondas.
En uno de esos sillones está sentada una de las víctimas de la virulenta epidemia de la que te hablé en páginas anteriores.
Quiero presentártela. La llaman María, como a la Virgen, pero su doncellez fue violada hace algunos años por la referida peste que come y carcome los sueños y las fantasías, con la sangre fría de LA NADA de Michael Ende. Vil azote que penetra en un
espíritu sin avisos ni amenazas, sin forma ni color. Con la aplastante actitud de continuar, sin prisa y sin pausa, con la estática crueldad de LOS LAGOLIEROS de Stephen King, con la meta alcanzada en la salida, y el premio amañado con antelación.
Se adueñó de su mente y consiguió engullir el positivismo de María.
Mírala. Está sola. Y en la soledad, el humano piensa, medita, y da vueltas y vueltas a los recuerdos.
Que...¿Qué recuerdos?, me pregunta tu voz inaudible pero que presiento e intuyo.
Los recuerdos de un pasado desbordado de tentativas de adquisición del más suplicado de los derechos humanos, un empleo.
Sencillo. ¿Verdad? Fácil, me dirás con la lógica sinceridad de no haber presenciado parte alguna de su vida. O quizá, pienses lo contrario, según te haya ido en la lucha...
Pero no permitas que me prodigue más en la primera presentación. Prefiero que conozcas a María, como a todos los demás, según vayas pasando las páginas.
Regresemos al punto de partida...
Continúa sentada en uno de los sillones. Los otros cuatro esperan vacíos la llegada de algunos que suelen acercarse hasta aquí, sobre las nueve y media, y casi todos los jueves, para contarse sus peripecias o su monotonía (depende...), dando por terminada la semana.
Y es que mañana es viernes. Y el viernes es un día de preparación, de planes, de comienzo de un fin de semana que probablemente les alejará de sus aburridas realidades, de sus desesperanzadas vidas, y de la mortífera espera del paso del tiempo.
María, que confía en que el tiempo avance y avancen también las circunstancias, mutantes por naturaleza y destino, espera la llegada de los cuatro que completan el quinteto de lo cotidiano. Aguarda la venida de esa estrecha confianza que aún sustentan, a pesar de las tentaciones propias de la amistad.
Y en tres horas, o en cuatro para los menos madrugadores, hablarán sobre el futuro, tema preocupante y sino fatal del ser humano.
Permíteme, amada palabra que aún no quiero ni me atrevo a pronunciar, que desvíe tu mirada hacia la pared forrada por la alta estantería. Dirige tus osados ojos hacia la barra, tras la que se oculta "El ruso", como le llaman desde la adolescencia, por la simple coincidencia de haberse puesto su madre de parto en Barcelona, durante un viaje de placer.
A mí, que no me gustan las diferencias, me resulta un tanto absurdo, ya que su familia es de Plasencia.
Pero lo más gratificante para sus amigos es que él se siente muy madrileño y madridista (que no viene a ser lo mismo) y oculta su carnet de identidad bajo un temperamento de gato, inevitable. Y es difícil conservar ese temple felino cuando la savia de las raíces extremeñas (o las andaluzas, que son las que me engendraron a mí) se clarean tras los rasgos de una cara más o menos identificable.
Quizá no ame tanto a esta ciudad como se empeña en aparentar, pero aspira sin decirlo, a que algún día sus conocidos olviden el apodo que le designa, lastre que lleva con más o menos sentido del humor, según le haya ido la tarde y según se haya llenado la caja.
Y yo me pregunto...¿Qué hay de malo en ser catalán? Pero el mundo es así, cruento y depravado, y Madrí, está llena de madrileños.
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