Edgar Allan Poe, escritor norteamericano, escribe uno de los relatos más interesantes y espeluznantes
que se han escrito hasta ahora: se llama "La barrica del amontillado". La historia del relato se centra en dos amigos, uno de los cuales se llama Fortunato, quien ha sobrepasado los límites de la amistad y ha ofendido a su amigo. Su amigo, conocedor de su debilidad, la bebida, decide invitarlo a catar unos vinos provenientes de su bodega, pero tomando en consideración su enfermedad respiratoria, le dice que no es indispensable que lo haga, a lo que él insiste.
El único propósito con que el amigo de Fortunato lo llama es para vengarse de él. El amigo consulta con Fortunato, especialista en vinos, puesto que ha recibido una barrica que pasa por ser amontillado, pero le deja claro que primero se preocupa por su salud puesto que para analizarla hay que bajar a su bodega de vinos y allí hay mucho salitre, lo que hará daño a la salud de Fortunato.
Fortunato empieza a toser pero insiste en bajar hasta la bodega hasta que él y su amigo avanzan por una serie de bóvedas hasta llegar a la cripta, donde se encuentran montones de restos humanos. Fortunato camina hasta el final del muro y es allí cuando su amigo lo ata con dos argollas de hierro a la pared de la cripta. Fortunato está demasiado bebido para darse cuenta y su amigo cierra el candado y salta fuera de la cripta.
Una vez atado el amigo de Fortunato aparta los huesos que había en el suelo y le muestra una pared a medio construir y comienza con su paleta a emparedar la entrada del nicho, Fortunato no es consciente de lo que hace su amigo y él continúa con su trabajo hasta cerrar el último resquicio. Antes de concluir el último ladrillo escucha una risa proveniente del fondo, en principio el amigo no reconoce la risa o la confunde, hasta que finalmente Fortunato lanza una carcajada y le dice ¡qué buena broma, amigo!
Le dice ¿No se nos está haciendo tarde? Nos esperan en el palacio la señora Fortunato y los demás? Apurémonos amigo. A lo que el amigo responde, claro, claro.
Finalmente suplica ¡por el amor de Dios, Montresor!
A lo que su amigo responde Por el amor de Dios.
Después se escucha un profundo silencio. Montresor culmina el último ladrillo que faltaba para cerrar el nicho. A la entrada queda como epígrafe Que descanse en paz.