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Los hechos sucedieron a mediados de los mil novecientos ochentas. Yo los conocí al principio de los noventas por medio
de una de las personas más cercanas al niño; una de las tres o cuatro cuyas vidas quedaron marcadas y, a raíz de aquello, nunca podrían volver a valorar al mundo como otra cosa que un montón de basura. El conocimiento de este asunto fue el primer motivo para que me interesara en escribir, porque se quedó en mi mente como suciedad en el riel de una puerta corrediza; cada vez que intentaba abrirla sentía la obstrucción. De alguna manera quería contarlo todo, pero no encontraba la forma. La primera intención, impulsado por la rabia y el asco, fue desarrollar una crónica completa con nombres propios, fechas, lugares y todas las condiciones de una denuncia, pero, por fortuna, antes de terminarla, la misma persona que me refirió los hechos me hizo desistir haciéndome caer en la cuenta de que, primero, la denuncia pasaría inadvertida y sería ocultada y tergiversada como lo fue la presentada ante las autoridades, ya que los responsables pertenecen a una organización cuyo estatus y poder les confiere carácter de intocables, y, segundo, porque revivir el caso significaba volver a abrir las heridas de las personas inocentes que se vieron afectadas, y convertirlas de nuevo en carne de morbo y escándalo.
La segunda intención fue una novela basada como tantas en un hecho real. Fueron casi quince años pensando la forma como debía resolver la inquietud, durante los cuales escribí tres novelas y algunos relatos sobre otros temas. Empecé a desarrollar la historia unas seis o siete veces, pero no más en las primeras páginas ya me parecía que cualquier enfoque con apariencia de ficción constituía una falta de respeto hacia la penosa verdad. Por último reconocí que nunca lograría ser tan gráfico como lo fue el niño, y es por eso que preferí simplemente intentar transcribir su pensamiento, porque ninguna interpretación o adaptación ajena conseguiría más que llenar ese dolor de adornos que atenuarían la crudeza de la realidad.
La carta que van a leer no es la original, ya que ésta fue destruida en medio del sufrimiento e indignación de las primeras semanas. Es una reconstrucción realizada a conciencia en compañía de los dos únicos seres queridos que conocieron la real, y la leyeron tantas veces que la aprendieron casi literalmente y, según ellos, aunque puede haber pequeñas diferencias en la redacción, ortografía y gramática, quedó completamente fiel a los sentimientos, momentos y motivaciones que él niño expresó en la suya. Sólo se han cambiado nombres y omitido detalles que podrían revelar características del hecho específico. No hay más que agregar, ustedes sacarán sus propias conclusiones. La carta decía así:
“Mamá, papá, les pido su perdón. Discúlpenme si esta carta tiene errores, o si es muy enredada y les cuesta trabajo entenderla, pero es que me siento destrozado y no sé si voy a poder escribirles mis ideas en orden. Yo sé que los estoy haciendo sufrir mucho más de lo que han sufrido con cualquier otra cosa en su vida. Sé que ustedes pensarán que tienen la culpa de esto, pero quiero decirles que no es así. Ustedes no tienen la culpa. Ustedes lo único que hicieron durante toda mi vida fue darme mucho amor, y hacer todo lo que tuvieron al alcance de su mano para darme bienestar, para formarme como una persona de bien, y para ofrecerme el mejor porvenir. Gracias, de verdad, gracias por ser todo lo que fueron para mí, y cuando les explique las razones que tuve para hacer esto, espero que me entiendan y se convenzan de que fue lo mejor para mí, para ustedes, y para él.
Lo que pasa es que no le veo ningún futuro a mi vida. Ahora, cuando estoy cumpliendo catorce años, miro hacia afuera de mi colegio y no veo que haya nada bueno para mí. No me imagino lo que podrá ser mi vida a los veinte años, o a los treinta, y mucho menos que llegue a ser un viejo. No vale la pena. Creo que ya viví todo lo que querría vivir, y que por todo lo que está pasando no lo voy a poder volver a vivir.
Sé que ustedes se van a echar la culpa, y todos los demás le van a echar la culpa a mi Miguel, y quiero dejar muy claro que no es así. Él no tuvo la culpa. La culpa fue toda mía, por haberlo metido en este problema, en este escándalo que lo está perjudicando tanto. Desde hace tres años, cuando empecé a asistir a su oficina a las charlas de sicología, sentí que estaba donde debía estar. Sus consejos sabios, sus caricias y todo el cariño que me daba, me hacían sentir que en todo el mundo no podría haber nada mejor. Cuando me enseñó a acariciarlo, a amarlo, a darle placer, sentí que mi vida tenía como objetivo amar a ese hombre y hacerlo sentir todo ese amor…
Continúa en “Carta sin título” 2…
Publicado el: enero 31, 2008
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