Los serafines tienen forma humana, solamente que están dotados de seis alas, un par para cubrirse el rostro, otro para ocultar
los pies y un tercer par para volar. La única mención de estos seres celestiales se encuentra en Isaías 6. Estos serafines estaban por encima del trono de Dios, y aparentemente guiaban la adoración divina. Uno de ellos cantaba, Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos, toda la tierra está llena de su gloria. Tanta fuerza tenia este acto de adoración que se estremecieron los quiciales del templo y el lugar santo se lleno de humo. El profeta se humillo ante Dios y confesó su pecado. Entonces uno de los serafines voló hacia él y con un carbón encendido que había tomado del altar, y como acto de purificación anuncio al profeta que había sido perdonado su pecado y quitada su culpa. Parecía que para Isaías eran seres angélicos que tenían la responsabilidad de ciertas funciones de guardia y adoración. Parecen haber sido seres claramente morales, no simples proyecciones de la imaginación. Empleaban sus cualidades morales exclusivamente para el servicio de Dios, y ocupaban una posición tal que gozaban del privilegio de llevar a cabo un ministerio expiatorio, mientras al mismo tiempo ensalzaban el carácter ético y moral de Dios.