Alamut es un enclave situado en el macizo montañoso
del Elburz,
Al norte de la antigua Persia, hoy Irán. Allí, alrededor del año 1092 hubo un personaje mítico aunque real, llamado el Viejo de la Montaña, que consiguió derribar al imperio otomano, allá por la época en la que estallase la primera guerra santa entre chiítas y sunnitas.
Hassan Ib Saba, tal era su nombre, fue el celebre personaje que pasó a la Historia por ser el responsable de organizar la secta conocida por el nombre de Los Hashashins. Sabedor de que en la lucha armada, el peor obstáculo para un combatiente es el miedo a su propia muerte, se propuso doblegar el instinto de conservación, mediante la estratagema de elegir
individuos jóvenes, inexpertos y abiertos a aprender, a creer en suma, y a ser por tanto, maleados y manipulados fácilmente; así,
con la ayuda del vino, del hachis y de un complicado y cuidadoso escenario en el que se recreaba el jardín del paraíso, tal y como se describe en los libros sagrados, poblándolo de las mujeres más
bellas de oriente (por supuesto esclavas) y repleto de los manjares y las delicias más exquisitas, convencía con facilidad no
solo, de que era el poseedor de las llaves del Edén sino de que este mismo existía realmente. Las escrituras lo decían y el Viejo les demostraba que por toda la eternidad disfrutarían de el tras la muerte. Eso si, siempre y cuando esta les llegase en el cumplimiento de las ordenes del Viejo de la Montaña. El sabio, el profeta, el Elegido...
Estos fedayins, creyentes que pasaban a ser adeptos convencidos, podían ver con sus propios ojos y a experimentar con sus sentidos el premio prometido por Dios.
No extraña que entonces fueran capaces de lanzarse al vacío despeñándose sin dudarlo o acuchillarse el corazón sin titubear para horror de sus enemigos que no comprendían cómo podía alguien morir con una sonrisa en los labios. Ellos en cambio si, pues creían que un instante después del trance mortal, volverían a estar en los brazos de las bellas huríes que ya conocian.
Hasta aquí, nada nuevo en una historia tan real y disparatada como terrible. Tan intensa y duradera que en español, pocos lo ignoran, el nombre de esta secta da origen a la palabra "asesino". Y no es este el único valor del texto, ya que, ayudándose del episodio histórico, el autor describe con habilidad el proceso que lleva, que llevo y que seguramente seguirá llevando en el futuro a cometer actos similares a quienes profesan extremismos violentos, demoledores e incomprensibles, de tanta actualidad en nuestros días. Con su lectura se comprende con facilidad gran parte de lo que alienta en el fondo de quienes son capaces de sacrificarse en pedacitos, matándose y matando a todo y a todos cuantos existen por algo, que seguramente ni siquiera existe.
Otro detalle que dice mucho del valor de esta obra, es que su autor murió un año antes del mitificado en que se proclamara a voces por las calles de Paris, que la imaginación deve ir (o estar) al poder (V. Bartol, 1903-1967). Seguramente el escritor estaba pensando en tiranos del calibre de Franco, de Hitler, de Mussolini, de Stalin... Podría ser, pero lo cierto es que hace una reflexión viva sobre la
intolerancia y el
fanatismo, un regalo en nuestros tiempos en que, teñidos de islamismos, cristianismos y otros muchos conceptos que también terminan por "-ismo", embargan nuestra existencia con un miedo similar al que indujo, en aquel momento, el Viejo en la vida de los poderosos y de quienes no creían en sus creencias. Si esa era su intención, lo ha conseguido plenamente.
Solo hay algo que amenaza el desenlace de la trama de esta novela, la realidad histórica de lo que en ella pasó, y que no es otra cosa, como no podía ser de otra forma, el enamoramiento que surge en dos de sus personajes, por un lado el fedayin sensato caído en la trampa de su propio convencimiento y por otro, la esclava que representa el papel de hurí divina, forzada a hacer creíble una farsa macabra.
Por todo esto, y por algunas cosas más que se me quedan en el tintero, es este un texto "imprescindible".
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